martes, 22 de febrero de 2011

El despreciable argumento del holocausto

Norman Finkelstein es un profesor norteamericano progresista .Finkenstein es un prominente crítico del Estado de Israel y de sus políticas coloniales.
"El Estado judío no habría nacido sin la expulsión de 700.000 palestinos. Así pues, había que expulsarlos. No había otra opción que expulsar a la población. (...)Tampoco la gran democracia estadounidense se podría haber creado sin la aniquilación de los indios. Hay casos en que el buen fin general justifica los actos implacables y crueles que se cometen en el curso de la historia."

Benny Morris, historiador israelì

Multitud y principio de individuación* :.Paolo Virno


Las formas de vida contemporáneas atestiguan la disolución del concepto de "pueblo" y de la renovada pertinencia del concepto de "multitud". Estrellas fijas del gran debate del siglo XVII, y, hallándose en el origen de una buena parte de nuestro léxico ético-político, estos dos conceptos se sitúan en las antípodas el uno del otro. El "pueblo" es de naturaleza centrípeta, converge en una voluntad general, es el interfaz o el reflejo del Estado; la "multitud" es plural, huye de la unidad política, no firma pactos con el soberano, no porque no le relegue derechos, sino porque es reacia a la obediencia, porque tiene inclinación a ciertas formas de democracia no representativa. En la multitud, Hobbes verá el mayor peligro para el aparato del Estado ("Los ciudadanos, cuando se rebelan contra el estado, representan a la multitud contra el pueblo." Hobbes, 1652: XI, I y XII, 8). Spinoza descubrirá precisamente ahí, en la multitud, la raíz de la libertad. Desde el siglo XVII, y casi sin excepciones, es el "pueblo" quien la obtiene y gestiona. La existencia política de lasmúltiples, en tanto que múltiples, fue apartada del horizonte de la modernidad: no sólo por los teóricos del Estado absolutista, sino también por Rousseau, por la tradición liberal y por el propio movimiento socialista. Sin embargo, hoy la multitud se desquita al caracterizar todos los aspectos de la vida social: los hábitos y la mentalidad del trabajo posfordista, los juegos de lenguaje, las pasiones y los afectos, las formas de concebir la acción colectiva. Cuando constatamos este desquite, es necesario evitar al menos dos o tresnecedades. No es que la clase obrera se haya disipado con arrobo para dejar sitio a las "múltiples", sino más bien, y la cosa resulta mucho más complicada y mucho más interesante, que los obreros de hoy en día, permaneciendo obreros, no tienen la fisonomía delpueblo, pero son el ejemplo perfecto del modo de ser de la multitud. Además, afirmar que las "múltiples" caracterizan las formas de vida contemporánea, no tiene nada de idílico: la caracterizan tanto para bien como para mal, tanto en el servilismo como en el conflicto. Se trata de un modo de ser, diferente del modo de ser "popular", es cierto, pero, en sí, no desprovisto de ambivalencia, con una dosis de venenos específicos.
La multitud no aparta con gesto de travieso la cuestión del universal, de lo que es común, compartido: la cuestión del Uno; más bien la redefine por completo. Tenemos, para empezar, una inversión del orden de los factores: el pueblo tiende hacia el Uno, las "múltiples" se derivan del Uno. Para el pueblo, la universalidad es una promesa; para las "múltiples", es una premisa. Cambia también la propia definición de lo que es común, de lo que se comparte. El Uno alrededor del cual gravita el pueblo es el Estado, el soberano, la voluntad general; el Uno que la multitud tiene tras de sí es el lenguaje, el intelecto como recurso público e interpsíquico, las facultades genéricas de la especie. Si la multitud huye de la unidad del Estado, es solamente porque comunica con un Uno diferente, preliminar antes que concluso. Y es sobre esta correlación que hay que preguntarse más en profundidad.
La aportación de Gilbert Simondon, filósofo muy querido por Deleuze, sobre esta cuestión es muy importante. Su reflexión trata de losprocesos de individuación. La individuación, esto es, el paso del bagaje psicosomático genérico del animal humano a la configuración de una singularidad única es, quizá, la categoría que, más que ninguna otra, le es inherente a la multitud. Si prestamos atención a la categoría de pueblo, veremos que se refiere a una miríada de individuos no individualizados, es decir, comprendidos como sustancias simples o átomos solipsistas. Justo porque constituyen un punto de partida inmediato, antes que el resultado último de un proceso lleno de imprevistos, tales individuos tienen la necesidad de la unidad/universalidad que proporciona la estructura del Estado. Por el contrario, si hablamos de la multitud, ponemos precisamente el acento en la individuación, o en la derivación de cada una de las "múltiples" a partir de algo de unitario/universal. Simondon, al igual que, por otras razones, el psicólogo soviético Lev Semenovitch Vygotski y el antropólogo italiano Ernesto de Martino, han llamado la atención sobre parecida desviación. Para estos autores, la ontogénesis, es decir, las fases del desarrollo del "yo" [je] singular, es consciente de sí misma, es la philosophia prima, único análisis claro del ser y del devenir. Y la ontogénesis es philosofia prima precisamente porque coincide en todo y para todo con el "principio de individuación". La individuación permite modelar una relación Uno/múltiples diferente de la que se esbozaba un poco antes (diferente de la que identifica el Uno con el Estado). Se trata, así, de una categoría que contribuye a fundar la noción ético-política de multitud.
Gaston Bachelard, epistemólogo entre los más grandes del siglo veinte, ha escrito que la física cuántica es un "sujeto gramatical" en relación al cual parece oportuno emplear los más heterogéneos predicados filosóficos: si a un problema singular se adapta bien un concepto filosófico, en otro puede convenir, por qué no, un plano de la lógica hegeliana o una noción extraída de la psicología gestaltista. Del mismo modo, la manera de ser de la multitud ha de calificarse con atributos que se encuentran en contextos muy diferentes, a veces incluso exclusivos entre ellos: Reparemos, por ejemplo, en la antropología filosófica de Gehlen (indigencia biológica del animal humano, falta de un "medio" [milieu] definido, pobreza de los instintos especializados; en las páginas de Ser y Tiempoconsagradas a la vida cotidiana (habladurías, curiosidad, equívoco, etc.); en la descripción de los diversos juegos de lenguaje efectuados por Wittgenstein en las Investigaciones filosóficas. Ejemplos todos discutibles. Por el contrario, incontestablemente, dos tesis de Simondon son absolutamente importantes en tanto que "predicados" del concepto de multitud: 1) el sujeto es una individuación siempre parcial e incompleta, consistente más bien en los rasgos cambiantes de aspectos pre-individuales y de aspectos efectivamente singulares; 2) la experiencia colectiva, lejos de señalar su desintegración o eclipse, persigue y afina la individuación. Si olvidamos otras muchas consideraciones (incluida la cuestión, evidentemente central, de cómo se realiza la individuación, según Simondon) vale aquí la pena concentrarse en estas tesis, en tanto que contrarias a la intuición, e incluso escabrosas.


Pre-individual
Volvamos al comienzo. La multitud es una red de individuos. El término "múltiples" indica un conjunto de singularidades contingentes. Estas singularidades no son, sin embargo, una circunstancia sin nombre, sino, por el contrario, son el resultado complejo de un proceso de individuación. Resulta evidente que el punto de partida de toda verdadera individuación es algo aún no individual. Lo que es único, no reproducible, pasajero, proviene, de hecho, de lo que es más indiferenciado y genérico. Las características particulares de la individualidad arraigan en un conjunto de paradigmas universales. Ya hablar de principium individuationis significa postular una inherencia extremadamente sólida entre lo singular, y una forma u otra de potencia anónima. Lo individual es tal, no porque se sostenga en el límite de lo que es potente, como un zombie exangüe y rencoroso, sino porque es potencia individuada; y es potencia individuada porque es tan sólo una de las individuaciones posibles de la potencia.
Para establecer lo que ha precedido a la individuación, Simondon emplea la expresión, bien poco críptica, de realidad pre-individual. A cada una de las "múltiples" le es familiar este polo antitético. Pero, ¿qué es exactamente lo pre-individual? Simondon escribe: «Se podría llamar naturaleza a esta realidad pre-individual que el individuo lleva consigo, tratando de encontrar en la palabra naturaleza el significado que le daban los filósofos presocráticos: los Fisiólogos jónicos encontraban ahí el origen de todas las especies de ser, anterior a la individuación: la naturaleza es realidad de lo posible que, bajo las especies de este apeirón del que habla Anaximandro,hace surgir toda forma individuada; la Naturaleza no es lo contrario del Hombre, sino la primera fase del ser, siendo la segunda la oposición entre el individuo y el entorno [milieu]». Naturaleza, apeirón (indeterminado), realidad de lo posible, ser aún desprovisto de fases; podríamos continuar con diferentes variaciones sobre el tema. Sin embargo, aquí parece oportuno proponer una definición autónoma de lo "pre-individual", no contradictoria respecto de la de Simondon, sino independiente de ella. No es difícil reconocer que, bajo la misma etiqueta, existen contextos y niveles muy diferentes.
Lo pre-individual es, en primer lugar, la percepción sensorial, la motricidad, el fondo biológico de la especie. Es Merleau-Ponty, en su Phénoménologie de la perception, quien observa que «Yo no tengo más consciencia de ser el verdadero sujeto de mi sensación que [la que tengo] de mi nacimiento o de mi muerte» (Merleau-Ponty, 1945, p.249). Y también: «La visión, el oído, tocar, con sus campos que son anteriores y permanecen extraños a mi vida personal» (Merleau-Ponty, 1945, p. 399). La sensación escapa a la descripción en primera persona: cuando percibo, no es un individuo singular quien percibe, sino la especie como tal. A la motricidad y a la sensibilidad se le añaden tan solo el pronombre anónimo "se": se ve, se oye, se experimenta placer o dolor. Es cierto que la percepción tiene a veces una tonalidad autorreflexiva: basta con pensar en tocar, en ese tocar que es también siempre ser tocado por el objeto que se manipula. Quien percibe se percibe a sí mismo avanzando hacia la cosa. Pero se trata de una autorreferencia sin individuación. Es la especie quien se auto-percibe de la conducta, y no una singularidad autoconsciente. Nos equivocamos si identificamos, si vemos relación entre dos conceptos independientes, si mantenemos que ahí en donde hay auto-reflexión podemos también constatar una individuación; o, inversamente, que si no hay individuación ya no podemos hablar de autorreflexión.
Lo pre-individual, en un nivel más determinado, es la lengua histórico-natural de su propia comunidad de pertenencia. La lengua es inherente a todos los locutores de la comunidad dada, como lo es un "medio" [milieu] zoológico o un líquido amniótico, a un tiempo envolvente e indiferenciado. La comunicación lingüística es intersubjetiva y existe mucho antes de que se formen verdaderos "sujetos" propiamente dichos: está en todos y en nadie, para ella también reina lo anónimo "se": se habla. Es sobre todo Vygotski quien ha señalado el carácter pre-individual, o inmediatamente social, de la locución humana: el uso de la palabra, primeramente es inter-psíquico, es decir, público, compartido, impersonal. Contrariamente a lo que pensaba Piaget, no se trata de evadirse de una condición original autista (es decir, hiperindividual, tomando la vía de una socialización progresiva; al contrario, lo esencial de la ontogénesis consiste, para Vygotski, en el paso de una socialidad completa a la individuación del ser hablante: «el movimiento real del proceso de desarrollo del pensamiento del niño no se realiza de lo individual a lo socializado, sino de lo social a lo individual» (Vygotski, 1985). El reconocimiento del carácter pre-individual ("inter-psíquico") de la lengua posibilita que de algún modo Vigotski se anticipe a Wittgenstein en la refutación de "un lenguaje privado", del tipo que sea. Por otro lado, y es lo que aquí más importa, eso le permite inscribirse en la corta lista de pensadores que han tratado la cuestión del principium individuationis. Tanto para Vygotski como para Simondon, la "individuación psíquica" (es decir, la construcción del Yo [Moi] consciente) sobreviene en el terreno lingüístico, y no en el de la percepción. En otros términos: en tanto que lo pre-individual inherente a la sensación parece destinado a permanecer por siempre tal cual es, lo pre-individual que corresponde a la lengua es susceptible de una diferenciación interna que desemboca en la individualidad. No se tratará, aquí, de examinar de manera crítica el modo en que para Vygoski y para Simondon se realiza la singularización del ser hablante; y menos aún de añadir hipótesis suplementaria alguna. Lo importante es únicamente establecer la diferencia entre el dominio perceptivo (bagaje biológico sin individuación) y el dominio lingüístico (bagaje biológico como base de la individuación).
Finalmente, lo pre-individual es la relación de producción dominante. En el capitalismo desarrollado, el proceso de trabajo requiere las cualidades de trabajo más universales: la percepción, el lenguaje, la memoria, los afectos. Roles y funciones, en el marco del posfordismo, coinciden profundamente con la "existencia genérica", con el Gattungswesen del que hablan Feuerbach y el Marx de losManuscritos económico-filosóficos a propósito de las facultades más elementales del género humano. El conjunto de las fuerzas productivas es, ciertamente, pre-individual. No obstante, el pensamiento tiene una importancia particular entre esas fuerzas; atención: el pensamiento objetivo, sin relación con tal o tal "yo" [moi] psicológico, el pensamiento del cual la verdad no depende del asentimiento de los seres singulares. Respecto a esto, Gottlob Frege ha utilizado una fórmula quizá poco hábil, pero que no carece de eficacia: "pensamiento sin soporte" (cf. Frege, 1918). Por el contrario, Marx ha forjado la célebre y controvertida expresión de General intellect, intelecto general: el General intellect (es decir, el saber abstracto, la ciencia, el conocimiento impersonal) es también el "principal pilar de la producción de riqueza", ahí en donde por riqueza debemos entender aquí y ahora, plusvalía absoluta y relativa. El pensamiento sin soporte General intellect deja su huella en el "proceso vital de la propia sociedad" (Marx, 1857-1858), al instaurar jerarquías y relaciones de poder. Resumiendo: es una realidad pre-individual históricamente cualificada. Sobre este punto no vale la pena insistir más; únicamente retener que a lo pre-individual perceptivo y a lo pre-individual lingüístico es necesario añadirle un pre-individualhistórico.

Sujeto anfibio
El sujeto no coincide con el individuo individuado sino contiene en sí, siempre, una cierta proporción irreductible de realidad pre-individual; es un precipitado inestable, algo compuesto. Es ésta la primera de las dos tesis de Simondon sobre la cual quisiera llamar la atención. "Existe en los seres individuados una cierta carga de indeterminado, esto es, de realidad pre-individual, que ha pasado a través de la operación de individuación sin ser efectivamente individuada. Podemos llamar naturaleza a esta "carga de indeterminado" (Simondon, 1989, p. 210). Es completamente falso reducir el sujeto a lo que es, en él, singular: "el nombre de individuo es abusivamente dado a una realidad mucho más compleja, la del sujeto completo, que comporta en él, además de la realidad individuada, un aspecto inindividuado, pre-individual, natural. " (Simondon, 1989, p. 204).
Lo pre-individual es percibido ante todo como una suerte de pasado no resuelto: la realidad de lo posible, de donde surge la singularidad bien definida, persiste aún en los límites de esta última: la diacronía no excluye la concomitancia. Por otro lado, lo pre-individual, que es el tejido íntimo del sujeto, constituye el medio [milieu] del individuo individuado. El contexto (perceptivo, lingüístico o histórico) en el cual se inscribe la experiencia del individuo singular es, en efecto, una componente intrínseca (si se quiere, interior) del sujeto. El sujeto no es un entorno [milieu], sino que es, para una cierta parte de él mismo (la no individuada) su entorno [milieu]. De Locke a Fodor, los filósofos que desatienden la realidad pre-individual del sujeto, ignorando, así, lo que en él es medio [milieu], están avocados a no encontrar vía de tránsito entre "interior" y "exterior", entre el Yo [Moi] y el mundo. De ese modo se entregan al error que denuncia Simondon: asimilar el sujeto al individuo individuado.
La noción de subjetividad es anfibia: el "Yo hablo" cohabita con el "se habla", lo que no podemos reproducir está estrechamentemezclado con lo recursivo y con lo serial. Más precisamente: en el tejido del sujeto se encuentran, como partes integrantes, la tonalidad anónima de lo que es percibido (la sensación en tanto que sensación de la especie), el carácter inmediatamente inter-psíquico o "público" de la lengua materna, la participación en el General intellect impersonal. La coexistencia de lo pre-individual y de lo individuado en el seno del sujeto está mediado por los afectos; emociones y pasiones señalan la integración provisional de los dos aspectos, pero también su eventual desapego: no faltan crisis, ni recesiones ni catástrofes. Hay miedo, pánico o angustia cuando no se sabe componer los aspectos pre-individuales de su propia experiencia con los aspectos individuados: "En la angustia, el sujeto se siente existir como problema traído por él mismo, y siente su división en naturaleza pre-individual y en ser individuado. El ser individuado esaquí y ahora, y este aquí y este ahora impiden a una infinidad de otros aquí y ahora venir a la luz; el sujeto toma consciencia de él mismo como naturaleza, como indeterminado (apeirón) que nunca podrá actualizarse hic et nunc, que no podrá jamás vivir" (Simondon, 1989, p. 111). Hay que constatar aquí una extraordinaria coincidencia objetiva entre el análisis de Simondon y el diagnóstico sobre los "apocalipsis culturales" propuesto por Ernesto de Martino. El punto crucial, tanto para de Martino como para Simondon, reside en el hecho de que la ontogénesis, es decir, la individuación, no está garantizada de una vez por todas: puede regresar sobre sus pasos, fragilizarse, estallar. El "Yo pienso", además del hecho de que posea una génesis azarosa, es parcialmente retráctil, está desbordado por lo que le supera. Para de Martino, lo pre-individual parece, a veces, inundar la singularidad: esta última es como aspirada en el anonimato del "se". Otras veces, de manera opuesta y simétrica, nos fuerza en vano a reducir todos los aspectos pre-individuales de nuestra experiencia a la singularidad puntual. Las dos patologías –"catástrofes de la frontera yo-mundo en las dos modalidades de la irrupción del mundo dentro del ser-ahí y del reflujo del ser-ahí en el mundo" (E. de Martino, 1977) –son solamente los extremos de una oscilación que, bajo formas más contenidas es, sin embargo, constante y no suprimible.
Con demasiada frecuencia el pensamiento crítico del siglo veinte (pensamos en particular en la escuela de Francfort) ha entonado una cantinela melancólica acerca del supuesto alejamiento del individuo con respecto a las fuerzas productivas y sociales, así como con respecto a la potencia inherente a las facultades universales de la especie (lenguaje, pensamiento, etc.). La desgracia del ser singular ha sido atribuida precisamente a este alejamiento o a esta separación. Una idea sugestiva, pero falsa. Las "pasiones tristes", por decirlo con Spinoza, surgen más bien de la proximidad máxima, e incluso de la simbiosis, entre el individuo individuado y lo pre-individual, ahí en donde esta simbiosis se presenta como desequilibrio y desgarro. Para bien y para mal, la multitud muestra la mezcla inextricable de "yo" [je] y de "se", singularidad no reproducible y anónima de la especie, individuación y realidad pre-individual. Para bien: al tener cada una de las "múltiples" tras de sí el universal, a modo de premisa o de antecedente, no tiene la necesidad de esta universalidad postiza que constituye el Estado. Para mal: cada una de las "múltiples", en tanto que sujeto anfibio, puede siempre distinguir una amenaza en su propia realidad pre-individual, o al menos una causa de inseguridad. El concepto ético-político de multitud se funda tanto sobre el principio de individuación como sobre su incomplitud constitutiva.

Marx, Simondon, Vygotski: el concepto de "individuo social".
En un pasaje célebre de losGrundrisse (que se titula "Fragmento sobre las máquinas"), Marx designa al "individuo social" como al verdadero protagonista de cualquier transformación radical del estado de las cosas presentes (cf. Marx, 1857-1858). En un primer momento, el "individuo social" se parece a un oximoro coqueto, a la unidad desaliñada de los contrarios; en suma, a un manierismo hegeliano. Es posible, por el contrario, tomar este concepto al pie de la letra, hasta convertirlo en un instrumento de precisión, para hacer que resurgan formas de ser, las inclinaciones y las formas de vida contemporáneas. Pero ello es posible, en buena medida, justamente gracias a la reflexión de Simondon y de Vytgoski sobre el principio de individuación.
En el adjetivo "social" hay que reconocer los trazos de esta realidad pre-individual que, según Simondon, pertenece a todos los sujetos. Como en el sustantivo "individuo", reconocemos la singularización advenida de cada componente de la multitud actual. Cuando Marx habla de "individuo social", se refiere a la intrincación entre "existencia genérica" ( Gattungswesen) y experiencia no reproducible, que es la marca de la subjetividad. No es por azar que el "individuo social" aparece en las mismas páginas de los Grundrisse en las que se introduce la noción de Generall intellect, de un "intelecto general" que constituye la premisa universal (o pre-individual), así como la partitura común para los trabajos y los días de las "múltiples". La parte social del "individuo social" es, sin ninguna duda, el general intellect , o bien, con Frege, el " pensamiento sin soporte ". Sin embargo, no sólo: consiste también en el carácter de conjunto inter-psíquico, es decir, público, de la comunicación humana, puesto de relieve muy claramente por Vygotski. Además, si traducimos correctamente "social" por "pre-individual", tendremos que reconocer que el individuo individuado del que habla Marx se perfila también sobre un fondo de percepción sensorial anónimo.
En sentido fuerte son sociales tanto el conjunto de las fuerzas productivas históricamente definidas como el bagaje biológico de la especie. No se trata de una conjunción extrínseca, o de una simple superposición: el capitalismo plenamente desarrollado implica la plena coincidencia entre las fuerzas productivas y los dos otros tipos de realidad pre-individual (el "se percibe" y el "se habla"). El concepto de fuerza de trabajo permite ver esta fusión perfecta: en tanto que capacidad física genérica y capacidad intelectual–lingüística de producir, la fuerza de trabajo es, decididamente, una determinación histórica, pero contiene en sí misma, completamente, ese apeirón, esa naturaleza no individuada de la que habla, así como el carácter impersonal de la lengua, que Vygotski ilustra en varios lugares. El "individuo social" marca la época en la cual la cohabitación entre singular y pre-individual deja de ser una hipótesis eurística, o un presupuesto oculto, para devenir fenómeno empírico, verdad arrojada a la superficie, estado de hecho pragmático. Se podría decir: la antropogénesis, esto es, la constitución misma del animal humano, llega a manifestarse en el plano histórico-social, deviene finalmente visible, al descubierto, conoce una suerte de revelación materialista. Lo que se llama "las condiciones trascendentales de la experiencia", en lugar de permanecer ocultas tras el telón, se presentan en primer plano, y, lo que es más importante, devienen ellas también objetos de experiencia inmediata.
Una última observación, aparentemente marginal. El "individuo social" incorpora las fuerzas productivas universales, no obstante declinarlas según modalidades diferenciadas y contingentes; al contrario, está efectivamente individuado justo porque les da una configuración singular al convertirlas en una constelación muy especial de conocimientos y de afectos. Es por esto que, toda tentativa de circunscribir al individuo por la negativa, fracasa: no es la amplitudde lo que en él se excluye lo que llega a caracterizarlo, sino la intensidad de lo que converge. Y no se trata de un positividad accidental, desajustada y, finalmente, inefable (dicho sea de paso, nada es más monótono y menos individual que lo inefable). La individuación se acompaña de la especificación progresiva, así como por la especificación excéntrica de reglas y de paradigmas generales: no es el agujero de la red, sino el punto en que las mallas están más apretadas. A propósito de la singularidad no reproducible, podría hablarse de un plusvalor de legislación. Para decirlo con la fraseología de la epistemología, las leyes que cualifican lo individual no son ni "aserciones universales" (es decir, válidas para todos los casos de un conjunto homogéneo de fenómenos) ni "aserciones existenciales" (revelaciones de datos empíricos fuera de cualquier realidad o de un esquema conectivo); se trata más bien de verdaderas leyes singulares. Leyes, porque dotadas de una estructura formal comprenden virtualmente una "especie" entera; singulares, en tanto reglas de un solo caso, no generalizables. Las leyes singulares representan lo individual con la precisión y la transparencia en principio reservadas a una clase "lógica"; pero, atención, una clase de un solo individuo.
Llamamos multitud al conjunto de los "individuos sociales". Hay una suerte de encadenamiento semántico precioso entre la existencia política de las múltiples en tanto que múltiples, la vieja obsesión filosófica en torno alprincipium individuationis y la noción marxiana de "individuo social" (descifrada, con ayuda de Simondon, como la mezcla inextricable de singularidad contingente y de realidad pre-individual.) Este encadenamiento semántico permite redefinir, desde su base, la naturaleza y las funciones de la esfera pública y de la acción colectiva. Una redefinición que echa abajo el canon ético-político basado en el "pueblo" y en la soberanía estática. Podría decirse –con Marx, pero lejos, y en oposición a una buena parte del marxismo– que la "sustancia de las cosas esperadas" se encuentra en el hecho de conceder el máximo de relieve y de valor a la existencia no reproducible de cada miembro singular de la especie. Por paradójico que eso pueda parecer, la teoría de Marx debería hoy día comprenderse como una teoría rigurosa, es decir, realista y compleja, del individuo. Así, como una teoría de laindividuación .
Lo colectivo de la multitud
Examinemos ahora la segunda tesis de Simondon. No tiene precedentes. Va al encuentro de la intuición, viola las convicciones arraigadas del sentido común (como, por lo demás, es el caso de muchos otros "predicados" conceptuales de la multitud). Habitualmente se considera que el individuo, desde el momento en que participa en un colectivo, debe de zafarse de algunas de sus características individuales, renunciando a ciertos signos distintivos que en él se entremezclan, y que son impenetrables. Parece que en lo colectivo la singularidad se diluye, que es hándicap, regresión. Pues bien, según Simondon, eso es una superstición: obtusa desde el punto de vista de la epistemología, y equívoca desde el punto de vista de la ética. Una superstición alimentada por quienes, tratando con desenvoltura elprocessus de individuación, suponen que el individuo es un punto de partida inmediato. Si, al contrario, admitimos que el individuo proviene de su opuesto, es decir, del universal indiferenciado, el problema de lo colectivo toma otro aspecto. Para Simondon, contrariamente a lo que afirma un sentido común disforme, la vida de grupo es el momento de una ulterior y más compleja individuación. Lejos de ser regresiva, la singularidad se pule y alcanza su apogeo en el actuar conjuntamente, en la pluralidad de voces; en una palabra, en la esfera pública.
Lo colectivo no perjudica, no atenúa la individuación, sino que la persigue, aumentando desmesuradamente su potencia. Esta continuación concierne a la parte de realidad pre-individual que el primer proceso de individuación no había logrado resolver. Simondon escribe: "No debemos hablar de tendencias del individuo que le llevan hacia el grupo, ya que hablar de estas tendencias no es hablar propiamente de tendencias del individuo en tanto que individuo: ellas son la no-resolución de los potenciales que han precedido a la génesis del individuo. El ser que precede al individuo no ha sido individuado sin más, no ha sido totalmente resuelto en individuo y medio [ milieu]; el individuo ha conservado con él lo pre-individual, y todo el conjunto de individuos tiene también una especie de fondo no estructurado a partir del cual una nueva individuación puede producirse" (Simondon, 1989, p.193). Y más adelante: "No es cierto que, en tanto individuos, los seres estén atados los unos a los otros en lo colectivo, sino en tanto que sujetos, es decir, en tanto que seres que contienen lo pre-individual" (Simondon, 1989, p. 205). El fundamento de grupo es el elemento pre-individual (se percibe,se habla, etc.) presente en cada sujeto. Pero en el grupo, la realidad pre-individual, intrincada en la singularidad, se individualiza, mostrando, a su vez, una particular fisionomía.
La instancia de lo colectivo es aún una instancia de individuación: lo que está en juego es dar una forma contingente e imposible de confundir con el apeirón (lo indeterminado), es decir, con la "realidad de lo posible" que precede a la singularidad; dar forma al universo anónimo de la percepción sensorial, al "pensamiento sin soporte " o general intellect. Lo pre-individual, inamovible en el interior del sujeto aislado, puede adquirir un aspecto singularizado en las acciones y en las emociones de las múltiples: Como un violoncelista que, interactuando dentro de un cuarteto con el resto de intérpretes, encuentra algo de su partitura que justo ahí se le había escapado. Cada una de las múltiples personaliza (parcial y provisoriamente) su propia componente impersonal a través de las vicisitudes características de la experiencia pública. Exponerse a la mirada de los otros, la acción política sin garantías, la familiaridad con lo posible y con lo imprevisto, la amistad y la enemistad, todo eso alerta al individuo y le permite, en cierta medida, apropiarse de este anónimo "on" del que proviene, para transformar el Gattungswesen, la "existencia genérica de la especie", en una biografía absolutamente particular. Al contrario de lo que sostenía Heidegger, es solamente en la esfera pública que podemos pasar del "se" al "sí-mismo".
La individuación de segundo grado, que Simondon llama también la "individuación colectiva" (un oximoro próximo a aquél que contiene la locución "individuo social"), es una pieza importante para pensar de manera adecuada la democracia no representativa. Puesto que lo colectivo es el teatro de una singularización acentuada de la experiencia, o constituye el lugar en el cual puede finalmente explicarse lo que en una vida humana resulta inconmensurable e imposible de reproducir, nada de eso se presta a ser extrapolado, y, menos que nunca, "delegado". Pero cuidado: lo colectivo de la multitud, en tanto que individuación del General intellect y del fondo biológico de la especie, es exactamente lo contrario de cualquier anarquismo ingenuo. Frente a él, es más bien el modelo de la representación política, con su voluntad general y su "soberanía popular", el que se convierte en intolerable (y a veces feroz) simplificación. Lo colectivo de la multitud no delega derechos al soberano, no ya que no pacte porque se trata de un colectivo de singularidades individuadas: para él, repitámoslo, lo universal es una premisa , y no una promesa .
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* Publicado en el número 7 de
 Multitudes.
Traducción de Beñat Baltza
Se permite la copia íntegra y literal siempre y cuando se mantenga esta nota.

Últimos dias de Hitler

EL HUNDIMIENTO



El hundimiento interior


Se publica ahora en DVD la película alemana El hundimiento, que ha causado polémica en todo el mundo por representar un rostro de Hitler más humano. Interpretada magistralmente por el ya mítico actor suizo Bruno Ganz, la obra de Oliver Hirschbiegel retrata los últimos días en la vida del führer, refugiado en un búnker de Berlín. Esta edición especial lleva un doble disco con documentales, un paseo virtual por el búnker e imágenes del rodaje. Con rigor histórico, capacidad crítica y valentía moral, esta obra se ha convertido en todo un fenómeno social, que nos enfrenta al misterio del mal. Ante ella uno se pregunta: ¿por qué hemos demonizado a Hitler?, ¿de dónde viene sino el horror del nazismo?, ¿no estaremos intentando exorcizar con él nuestros propios fantasmas?





Los niños de Hitler  


El hundimiento de una moral...  


El mal engendra mal...  
Hasta ahora el cine se había contentado con mostrarnos a Hitler como un dictador caricaturesco, que como el personaje de Chaplin, o bien provoca la risa, o el miedo ante una amenaza externa, que apenas puede perturbar nuestras conciencias. La mayoría de las veces de hecho se le presenta simplemente como una alimaña, incapaz de mostrar el más mínimo sentimiento. El hundimiento nos lo presenta sin embargo desde el punto de vista de una secretaria, que saca a la luz la ternura de un hombre sensible con los niños, pero responsable de la muerte de seis millones de judíos. ¿Cómo es esto posible? De ese dilema es de lo que trata precisamente esta película...

La verdad es que Hitler no era un animal, sino un ser humano, que se comporta a veces como un animal (“si vamos a perder la guerra es irrelevante el destino del pueblo”, dice su personaje en una ocasión). El führer tiene un carácter colérico, más cruel que inteligente. El problema es que para algunos, como el director Wim Wenders, la reconstrucción realista que se hace de su vida cotidiana le parece una “trivialización” del mal. Ya que “al final victimas y verdugos se unen mediante una neutralidad irritante”. Por un lado, es cierto que la película no hace un juicio definitivo sobre el nazismo. Tampoco ve como una locura el crimen masivo que hizo del exterminio una auténtica industria, pero el tono de sus imágenes lo hace por otra parte innecesario.


REAL COMO LA VIDA MISMA

La historia de El hundimiento está basada en la obra de un historiador alemán llamado Joachim Fest. Su libro ha servido de base al guión de Bernd Eichinger, el joven productor que hizo El nombre de la rosa. Pero la película incluye también el extraordinario documento del relato real de un testigo directo de los acontecimientos: la propia secretaria de Hitler, Traudl Junge. El film reconstruye así los últimos días del dictador en Berlín, asediado por el ejército soviético, de una forma tan verosímil que uno tiene la impresión de estar compartiendo con ellos su vida diaria en el búnker.

Aunque parezca extraño, en Alemania apenas se han hecho películas sobre Hitler. En cierto sentido es todavía un tema tabú, arriesgado e intocable. Muchos productores y realizadores consideran por eso un proyecto como éste, un verdadero suicidio comercial. A pesar de ello fue candidata a los Oscar como mejor película extranjera, aunque el premio se lo llevara la contribución rosa de Amenábar a una visión idílica de la enfermedad y la muerte con Mar adentro, que nada tiene que ver con la dureza brutal de la película de Hirschbiegel.

“Nuestro deber era dejar de lado los tópicos al uso y atenernos a la pura realidad”, dice el director. Pero el escándalo lo ha provocado el hecho de que les “interesaba más el ser humano que el monstruo”. Hitler se nos muestra aquí como un tipo anodino, patético, azotado por el parkinson y encogido por el peso de la derrota. Sus ocasionales accesos de furia y explosiones de megalomanía, no hacen sino agigantar su insignificancia, ante su endeble condición de animal acorralado. Sólo su gélida impiedad y desdeñosa indiferencia ante el sacrificio de su pueblo nos recuerdan que esa criatura encerrada en su guarida es el mismo hombre que ha convertido el mundo en un campo de exterminio.

¿TODO EL MUNDO ES BUENO?

El escritor holandés Harry Mulisch dedicó también una de sus últimas novelas a los últimos días del nazismo. En el prólogo a esta obra llamada Sigfrido, el autor observa que la mayor parte de los estudios que se han hecho sobre Hitler no aciertan a captar su verdadera naturaleza, ya que pocos personajes provocan a la vez tanta fascinación y repulsión. Su existencia encarna un angustioso y devastador vacío. Por eso durante un tiempo se le declaró un monstruo, pero la verdad es que él no vino de otro planeta. ¿Fue entonces una persona como cualquier otra?

Quizá los pasajes más estremecedores de El hundimiento, piensa Juan Manuel de Prada, son aquellos que muestran la adhesión inquebrantable de sus compatriotas. Generalmente, nos explicamos esa lealtad colectiva como el fruto de una influencia subyugadora que ejerciera Hitler, investido con rasgos mesiánicos. Pero esta película nos revela un hombre despojado de cualquier atisbo sugestivo, tan sólo un vacío que atrapa con sus fauces y engulle cualquier vestigio de vida. Parece así que fueron sus seguidores los que necesitaban creer en la grandeza del führer y lo convierten ilusoriamente en el fuego que justifica su vida. ¿Cómo entender sino la secuencia, dilatada hasta el horror, en que Magda Goebbels aniquila a sus propios hijos?

Pero no nos engañemos, lo que nos molesta de Hitler es que él pone de manifiesto que el mal existe en el mundo. Con la Ilustración habíamos empezado a pensar que el mal no era sino algo fantasmagórico, cuando en realidad se esconde en cada ser humano. Sería un consuelo pensar que al fin y al cabo todo el mundo es bueno, excepto tal vez Hitler, Stalin y Gengis-Khan. Pero la verdad es que lejos de tener el corazón de oro que todos pensamos tener, en nuestro ser habita el mal. Una realidad oscura que no podemos negar y a la que todos tenemos que enfrentarnos en algún momento de nuestra vida. ¿Quién nos librará de ese terrible mal?

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no hay verdad en nosotros; pero si confesamos nuestros pecados, podemos confiar en que Dios hará lo que es justo: nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad.” (1 Juan 1:8-9). Ya que “Jesucristo se ofreció en sacrificio para que nuestros pecados sean perdonados; y no sólo los nuestros, sino los de todo el mundo.” (2:2). Por lo que ¡hasta para Hitler había salvación!, si humillado se volvía a Dios y reconocía su maldad, confiando en la justicia de Cristo. Pero si no confesamos nuestro propio mal, tenemos tan poca esperanza como él de encontrar perdón y salvación...

Escrito por José de Segovia
Primera edición: 11/12/2005. 
Algunos de estos artículos fueron publicados enwww.protestantedigital.com y posteriormente impresos por el Consejo Evangélico de Madrid con el nombre deEntrelineas: Arte y Fe y Huellas del Cristianismo en el arte: El cine
http://www.entrelineas.org/articulo.asp?id=160

La resurrección de Dios

Desde que Nietzsche popularizó la frase "Dios ha muerto" y predijo que las iglesias serían sólo su sepulcro, la religión no dejó de renacer. La diferencia, ahora, es que lo hace en el discurso político y vuelve al debate de ideas en boca de filósofos como Vattimo o periodistas como Christopher Hitchens, quien acaba de publicar Dios no es bueno.

Por: Héctor Pavón




HAY UN NUEVO RETORNO de la religiosidad. No es el primero. La diferencia es que los intelectuales discuten la religión y ésta vuelve al discurso político, permanece en géneros populares o es aludida en libros que no tratan directamente de Dios y la fe.


En 1209 la ciudad francesa de Béziers fue saqueada y la población cátara masacrada por fuerzas papales que se encontraban bajo el mando de Simón de Montfort. Poco antes de los ataques, un oficial le preguntó a Montfort cómo debía hacer para reconocer a los "herejes" de los "verdaderos cristianos". El capitán, con sequedad, le respondió "Mátenlos a todos, Dios reconocerá los suyos".

Esos "suyos" son los que multiplican aún hoy su nombre casi como un mandamiento más. La palabra Dios está en todas partes. Y no sólo aparece por millones en Google y en las marquesinas de las cada vez más numerosas iglesias evangélicas. La omnipresencia divina trasciende en la actualidad todos los escenarios. Sale de los templos, atraviesa escritorios políticos, se desparrama en las creencias populares y se reproduce insistentemente en territorios habituales y extraños. Esto no fue siempre así. Existe un palpable retorno de la espiritualidad, los creyentes entablan diálogos más personales con lo sagrado, lo divino, aquello que está por encima de los andamiajes de las grandes religiones y también de las más pequeñas que se reproducen casi diariamente.

Para muestra veamos novedades editoriales. En los últimos meses se han publicado libros con títulos como Dios no es bueno (Debate), de Christopher Hitchens; Ganarle a Dios (Edhasa), de Hanna Krall; Dios está en el cerebro(Norma), de Mathew Alper; No ser Dios (Paidós), autobiografía de Gianni Vattimo; Las políticas de Dios (Norma), de Gilles Kepel o incluso Por qué no podemos ser cristianos (Del Nuevo Extremo), de Piergiorgio Odifreddi, entre otros que lo aluden directa o indirectamente. Esos títulos no necesariamente reflejan una referencia al estudio de la deidad, pero no han podido obviar su mención.

Una voz resuena, repercute, molesta: ¿Se trata de un retorno, regreso, resurrección del nombre divino? "Creo que se habla de otra manera", arriesga el ensayista Esteban Ierardo: "El hablar actual sobre Dios tiende a alejarse del compromiso con los dogmas o ritos de las religiones establecidas. La invocación a Dios es quizá ansia de una fuerza que dé sentido a la propia vida. Claro que la aproximación a lo divino sigue estando mediada por las grandes religiones monoteístas y por el creciente evangelismo y otros cultos (como Hare Krishna, budismo, yoga, o cultos populares, como el del Gauchito Gil). Pero ahora las vías tradicionales y colectivas de la religión conviven con la aparición de un sujeto que puede ser receptivo a varias creencias religiosas, pero sin perder por esto su independencia, su no pertenencia formal a ningún culto en particular".

La sensación, casi certeza es que este Dios que entendemos como un viejo huésped se construye y reconstruye más allá de las estructuras religiosas, mal que le pese a las instituciones de todos los credos. A veces, hasta magnifica y se mezcla con el discurso político. En mayo de 2006, el presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, envió una carta abierta al presidente de EE. UU. George Bush, sobre la política global, donde ponía en evidencia la mezcla de discursos religiosos y políticos. Era muy llamativo el lenguaje utilizado. Ahmadinejad escribía: "Si los profetas Abraham, Isaac, Jacob, Ismael, José o Jesucristo (la paz esté con él) estuvieran hoy entre nosotros, ¿cómo juzgarían tales conductas?" En obvia referencia a la actitud bélica de Bush. "Me han dicho que su Excelencia sigue las enseñanzas de Jesús (la paz esté con él) y que cree en la promesa divina de un reinado de los justos en la tierra", proseguía Ahmadinejad, recordándole que "según versículos divinos, todos estamos llamados a adorar a un Dios y a seguir las enseñanzas de los Profetas divinos" y agrega: "El liberalismo y la democracia de corte occidental no han podido contribuir a la realización de los ideales de la humanidad.

Hoy, esos dos conceptos han fracasado. Los más clarividentes pueden oír ya el ruido de la fractura y caída de la ideología y del pensamiento de los sistemas liberaldemocráticos"; y concluye: "Nos guste o no, el mundo gravita hacia la fe en el Todopoderoso y la justicia y la voluntad de Dios prevalecerán sobre todas las cosas". Pocas veces ha ocurrido que presidentes de países tan diferentes compartan vocabulario místico. George Bush había dicho anteriormente que invadía Irak porque Dios se lo había pedido y Osama bin Laden, a su vez, decía haber emprendido una guerra santa contra los Estados Unidos. Todo dios es político.

Dice el filósofo francés Michel Onfray, autor del Tratado de ateología (De la Flor) y ateo militante, que en Europa hay un retorno hacia prácticas espirituales; que en los países de Asia y Oriente hay una expansión; y que en EE. UU. , un refuerzo. "El fin de las ideologías, de los grandes discursos políticos y éticos, dejó a los hombres desamparados, y éstos se refugian en un cielo que permite todos los delirios para hacer la vida más vivible –argumenta–. No satisfecho con la prohibición de comer el fruto prohibido, Dios no cesó de manifestarse mediante interdicciones. Las religiones monoteístas no viven sino de prescripciones y de exhortaciones: hacer y no hacer, decir y no decir, pensar y no pensar... Prohibido y autorizado, lícito e ilícito, los textos religiosos abundan en codificaciones existenciales, alimentarias, de comportamiento, rituales, etcétera".

La noción de retorno no es buena, advierte Danièle Hervieu-Léger socióloga y directora de la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París. A mediados del siglo XX comenzó una proliferación de creencias que los grandes aparatos religiosos no controlaban. Hay desregulación, dice Hervieu- Léger, la manera en que se lleva a cabo el proceso de individualización, de subjetivación de creencias y, como, en efecto, se desmoronaron y continúan desmoronándose los grandes códigos gestionados por los aparatos religiosos. No hay retorno. Las instituciones religiosas tienen, de un modo variable según cada sociedad, cada vez menos influencia en las conciencias. Los individuos mismos fabrican todo tipo de pequeños sistemas de creencias en función de sus intereses, de su inspiración, de su disposición, de sus experiencias".


El origen de la fe 

¿Cuándo nació Dios? ¿Hay origen? El sociólogo Emile Durkheim buscaba en su investigación la esencia del fenómeno religioso, es decir, las primeras noticias de la religión o de Dios y así llegó al totemismo. Anteriormente, Hegel había encontrado cómo distintos pueblos habían representado lo sagrado mediante símbolos naturales, piedras, flores, vegetales, animales. Dice el filósofo Rubén Dri que no se conoce pueblo sin religión. Esto, sin embargo, no constituye ninguna prueba de la existencia de la divinidad como se ha sostenido desde las instituciones religiosas y sus credos. Pero sí prueba que la religión forma parte esencial de la cultura humana; que no es un invento de chamanes, brujos, imanes o sacerdotes. "La religión surge de la necesidad de dar sentido a la realidad, de escapar al caos que significa el sinsentido. El hombre desde un principio no dejó de experimentar una fractura que había despedazado su integridad. Algo andaba mal. Se necesitaba una recomposición para que el caos no terminara de arrojarlo al sinsentido. Surge entonces una actividad esencialmente simbólica, destinada a otorgar sentido al grupo, etnia, tribu o pueblo y, en consecuencia, al individuo. Es la religión", escribe Dri.

Hacia los años 2900-3000 aC. aparecen las primeras oraciones de los sumerios y posteriormente esa cultura de la oración religiosa fue parte de los babilonios. El primer monoteísmo se encuentra en el culto del dios solar egipcio Atón promovido por el faraón Akenatón que gobernó entre 1358 y 1340 aC. Este dios del sol es citado frecuentemente como el ejemplo de monoteísmo más antiguo del que se tiene conocimiento y a veces puede ser citado como una influencia formativa del judaísmo temprano.



El largo entierro 


En el siglo XIX Friedrich Nietzsche declamó: Dios ha muerto.

Lo escribió en dos de sus obras pilares: La gaya ciencia y Así habló Zaratustra. De allí surge el fundamento del nihilismo, como consecuencia de esa muerte. Una idea que Hegel ya había esgrimido tiempo antes. Dice Onfray: "Dios no está muerto ni agonizante, al contrario de lo que pensaba Nietzsche, porque no es mortal. Las ficciones no mueren, las ilusiones tampoco; un cuento para niños no se puede refutar. Ni el hipogrifo ni el centauro están sometidos a la ley de los mamíferos. Un pavo real, un caballo, sí; un animal del bestiario mitológico, no. Ahora bien, Dios proviene del bestiario mitológico como miles de otras criaturas que aparecen en los diccionarios en innumerables entradas, entre 'Démeter' y 'Discordia'. Así pues, Dios durará tanto como las razones que lo hacen existir; sus negadores también... ¡Parece un inmortal!"

Dietrich Bonhoeffer


A Dios se le atribuye omnipotencia (todo lo puede); omnisciencia (todo lo sabe); omnipresencia (todo lo abarca) y omnibenevolencia (es absolutamente bueno). Hay disidencias en cuanto al afirmar que es moralmente bueno. Christopher Hitchens en su libro Dios no es bueno dispara contra las religiones y dice: "La religión dijo sus últimas palabras inteligibles, nobles o inspiradoras hace mucho tiempo; a partir de ese momento, se convirtió en un humanismo admirable pero nebuloso, igual que le pasó, por ejemplo, a Dietrich Bonhoeffer, un valiente pastor luterano ahorcado por los nazis por negarse a actuar en connivencia con ellos. No habrá más profetas ni sabios de antiguo cuño, lo cual es la razón por la que las devociones de hoy en día son únicamente ecos de repeticiones del ayer, a veces elaboradas hasta el hilarante extremo de conjurar una terrible vacuidad".


Ciencia vs. religión 

Hubo un viejo enfrentamiento nunca definitivamente terminado entre ciencia y religión que no ha admitido posiciones intermedias. La teoría de la evolución era quizá el elemento más contundente en la separación entre ambos mundos. La disolución, el apartamiento de teorías como el positivismo científico y el marxismo que creían haber puesto a la religión en el terreno de lo mágico y lo ficcional, ha posibilitado un mayor diálogo entre las dos esferas.

Santiago Zabala, filósofo italiano, sostiene que después de la modernidad no quedan fuertes razones filosóficas para que un ateo rechace la religión ni para ser un teísta que rechace la ciencia. En la condición posmoderna, explica, la fe, que ya no está basada en la imagen platónica de un Dios inmóvil, absorbe estos dualismos sin encontrar en ellos ninguna razón de carácter conflictivo.

Ha habido un reto permanente y mutuo entre Iglesias y ciencia en el que temporariamente una de ellas ha tenido la pretensión de hacerse valer como única fuente de verdad. Gianni Vattimo dice que las discusiones sobre los milagros, sobre la posibilidad misma de demostrar o no la existencia de Dios, sobre la conciliación entre omnipotencia y omnisciencias divinas y libertad humana, estuvieron siempre motivadas por la idea de que "la verdad nos hará libres". Sólo podía ser la verdad objetiva. La Iglesia hizo lo mismo y aplicó esa conceptualización a los enunciados de la Biblia. Vattimo dice que en ello han incluido aquellos preceptos que expresaban la astronomía y la cosmología de los antiguos como Galileo y el heliocentrismo o la orden de parar dada al sol por Josué delante de las murallas de Jericó, entre otros. "Ya fuera para responder al desafío de la ciencia moderna, ya para sentar las bases desde las cuales predicar el cristianismo a mundos y culturas remotas, lo cierto es que la Iglesia fue desarrollando de modo progresivo toda una doctrina de los preambula fidei en relación cada vez más estrecha con una metafísica de tipo objetivista".


Dios, el retorno 

En Francia ha surgido una tendencia paradójica: el ateísmo cristiano. Es la posición de algunos filósofos que dicen no creer en Dios (por lo cual son ateos), pero que suscriben a todos los valores cristianos (en lo que son, por lo tanto, cristianos y ateos). Es una idea que afirma al mismo tiempo la excelencia de los valores cristianos y la índole insuperable de la moral evangélica.

Richard Rorty ha sumado sus argumentos en un libro breve que publicó con Vattimo titulado El futuro de la religión (Paidós). Allí escribió: "Coincido con Hume y con Kant en que el concepto de 'prueba empírica' es irrelevante a la hora de hablar de Dios, pero este punto sirve por igual contra el ateísmo y el teísmo. El presidente Bush ha aportado un buen argumento cuando dijo, en un discurso destinado a complacer a los fundamentalistas cristianos, que 'el ateísmo es una fe', pues 'no puede confirmarse ni refutarse mediante argumentos o pruebas'. Pero lo mismo puede aplicarse, desde luego, al teísmo. Ni los que afirman ni los que niegan la existencia de Dios pueden reclamar, de forma plausible, tener pruebas de su parte. Ser religioso en el Occidente moderno no tiene mucho que ver con la explicación de fenómenos específicamente observables", argumentó Rorty.

Gianni Vattimo explica que habría que tomar en cuenta dos variantes para hablar del retorno de lo religioso. Por un lado, el retorno como exigencia, como nueva vitalidad de iglesias y sectas, como búsqueda de doctrinas y prácticas distintas: la 'moda' de las religiones orientales, etc. y está motivado por la inminencia de riesgos globales que nos parecen inéditos, sin precedentes en la historia de la humanidad. Empezó después de la Segunda Guerra Mundial con el miedo a una posible guerra atómica y siguió hasta el presente con el miedo a la proliferación de armas de destrucción masiva, los desmadres ecológicos, la manipulación genética, entre otros temores. Por el lado de la filosofía y de la reflexión explícita, el retorno de lo religioso parece producirse de formas muy diversas, ligadas a las vicisitudes teóricas que aparecen más bien remotas y contrastan con la inspiración, las más de las veces 'fundamentalistas', de la nueva religiosidad inspirada en los temores apocalípticos difundidos en nuestra sociedad. Por su parte, Zabala disiente: "El renacimiento de la religión en el tercer milenio no viene motivado tanto por las amenazas globales –el terrorismo o la catástrofe ecológica planetaria– como por la muerte de Dios, por la secularización de lo sagrado que ha estado en el centro del proceso a través del cual se ha desarrollado la civilización del mundo occidental".

Años atrás el filósofo argentino Enrique Marí explicaba este resurgimiento que se hacía evidente: "Hay nuevos relatos que ponen en juego soluciones imaginarias, creencias mágicas, cosas que son semejantes a los mitos, simples supersticiones, relatos vinculados a mentalidades primitivas que aparecen junto a la religión tradicional. El hombre está atormentado por los problemas que tiene que reinventar para seguir viviendo. Atormentado por su condición, el hombre recurre a la religión y a la creencia para soportar las condiciones de la vida y sus avatares. Hay un desencanto de la época, la economía no da posibilidades de respuesta.

"En Oriente y Occidente la humanidad acosada por el ímpetu tecnológico, las guerras, la discutible muerte de Dios, la falta de cielos protectores, el exceso de desencantos y los fracasos de las utopías, recurre al diálogo de características religiosas. Algunos se vuelcan al budismo, es una moda que tiene muchos seguidores en Hollywood, aunque el último grito sea la Kabbalah, una forma mística del judaísmo.

Pero el mundo de lo sagrado, ¿es una novedad? Lo sagrado no se perdió, dice la antropóloga Verónica Riera "La cuestión de la pérdida es una construcción de nuestra sociedad porque en realidad lo sagrado es ahistórico. La pérdida es relativa, depende de quién lo enuncia, el mundo de lo sagrado es dinámico y cambiante a lo largo del tiempo, en todo caso la diferencia es que ahora hay conciencia de lo sagrado".

"Si Dios creó el mundo, fue por temor de la soledad: ésa es la única explicación de la Creación", pensó E. M. Cioran. Al fin y al cabo, la religión también sirve para combatir la soledad. De dioses y mortales.

http://edant.revistaenie.clarin.com/notas/2008/08/09/_-01732286.htm

Tres obras capitales de Gilbert Simondon (1924-1989)

De hombres, bestias y máquinas

La edición en castellano de tres obras capitales de Gilbert Simondon (1924-1989) rescata de las sombras al pensador que se propuso revisar las concepciones modernas que distinguieron radicalmente a animales y "objetos técnicos" de los humanos. Inició Simondon así un camino fértil que exploran hoy la ciencia y la filosofía. 

Por: Pablo Rodríguez
METROPOLIS. (de Fritz Lang). Simondon se pregunta qué es lo que distingue a los objetos técnicos de los que no son.
Gilbert Simondon nació en 1924 y murió en 1989. Su fama póstuma no se corresponde con su figuración en vida. Se multiplican los libros y encuentros sobre su obra en todo el mundo, mientras muchos pensadores actuales, especialmente italianos (Paolo Virno, Roberto Esposito, Giorgio Agamben, Antonio Negri, Maurizio Lazzarato), reivindican sus postulados filosóficos. Hace menos de una década que las editoriales francesas se dedican a publicar sus cursos y escritos desperdigados, dado que sus obras escritas se limitan a dos libros que constituyen sus tesis de doctorado, presentadas a fines de los 50. En nuestro país ya comenzaron a circular algunos fragmentos traducidos en algunas revistas, y ahora llega la publicación simultánea de su tesis secundaria, El modo de existencia de los objetos técnicos (Prometeo), y de parte de un curso dictado en 1964, Dos lecciones sobre el animal y el hombre (La Cebra). El año que viene La Cebra y Cactus tienen proyectado distribuir en las librerías argentinas La individuación, versión castellana de la obra principal de Simondon. Esta agitación parece indicar que se descubrió al eslabón perdido del pensamiento francés.

Que es un eslabón, cualquiera que haya frecuentado la obra de Gilles Deleuze puede dar fe de ello. En su reseña sobre La individuación, escrita a mediados de los 60, Deleuze afirma que Simondon crea una nueva ontología inspirándose "en la actualidad de las ciencias, y sin embargo alcanza a plantear los grandes problemas clásicos, transformándolos y renovándolos". En Diferencia y repetición y Lógica del sentido, se inspira en Simondon para concebir su teoría de la diferencia y del acontecimiento a partir de las nociones de disparidad, metaestabilidad y singularidad. En Mil mesetas, escrito junto con Félix Guattari, los conceptos simondonianos se cuelan en la idea de "modulación" (que Simondon toma de la electrónica) y la de los "devenires" (intenso, animal, imperceptible) como formas de individuación no necesariamente humanas. Puede decirse que Deleuze abreva tanto en Simondon como en sus pensadores manifiestamente queridos: Spinoza, Leibniz, Hume, Kant y Nietzsche.

Que ese eslabón se había perdido puede comprobarse por la escasa relevancia pública de Simondon. Su momento de mayor exposición fue en 1965, cuando formó parte activa de la organización de un coloquio internacional de Royaumont (una reunión tradicional de la intelectualidad francesa) sobre el concepto de información en la ciencia contemporánea. Algunos autores de gran relevancia en el pensamiento de los 60, como Herbert Marcuse y Jean Baudrillard, hicieron múltiples referencias a El modo de existencia de los objetos técnicos, pero su círculo de influencia no llegó a superar el ámbito de la filosofía de la tecnología. A pesar de haber sido en alguna medida apadrinado por Georges Canguilhem y Maurice Merleau-Ponty, y de haber recorrido los mismos pasillos que Michel Foucault, Jean-François Lyotard y el propio Deleuze, Gilbert Simondon no participó de la efervescencia política e intelectual de su época. Se refugió en institutos de investigación donde dio clases hasta el final de sus días, publicando esporádicos artículos y aceptando alguna que otra entrevista originada en el tenue interés suscitado por su obra.

¿Qué es un animal?

Según el matemático norteamericano Norbert Wiener, la cibernética es el estudio de la comunicación y el control en animales, hombres y máquinas. Simondon creía que esta definición constituía todo un desafío filosófico y logró que los maestros de su propia generación (Jean Hyppolite, Martial Guéroult, Maurice de Gandillac, Ferdinand Alquié) se reunieran con biólogos, matemáticos y físicos para discutir qué quiere decir que haya algo (en principio, la noción de información) que iguale al hombre con el animal y la máquina. Aquel coloquio de Royaumont de 1965, que precedió al grito de guerra de la "muerte del hombre", lanzado por Foucault en Las palabras y las cosas, resultó ser una gran experiencia de pensamiento acerca de las condiciones de lo humano, pues los participantes se pusieron nuevamente a discutir los criterios de demarcación: si lo propio del hombre es el pensamiento, o la percepción, o la capacidad de afección, o todo ello junto o sólo en parte, de manera absoluta o relativa.

En el libro Dos lecciones sobre el animal y el hombre, publicado por La Cebra, Simondon aplica esos mismos criterios de demarcación para estudiar las relaciones entre el animal y el hombre, repasando las posturas al respecto en la Antigüedad, el cristianismo y el Renacimiento. Hay, según Simondon un quiebre "excesivo, insólito y escandaloso" producido por Descartes y prefigurado por el cristianismo, que hizo que la continuidad de los seres vivos, presente incluso en el dualismo metafísico trazado por el platonismo, se interrumpiera en una concepción del animal como algo desprovisto de todo y en la del ser humano como dotado de actividad espiritual. Las ciencias contemporáneas, fundamentalmente gracias a la etología y a las ciencias cognitivas, marcarían un tercer momento en el que retorna la continuidad antigua gracias a la aceptación de la pertenencia del hombre al reino animal. Lo que parece claro es que el dispositivo humanista de distinguirse del animal convirtiéndolo en su objeto de dominio es parcial e inexacto. A la filosofía cartesiana, Simondon opone las fábulas clásicas de La Fontaine, de quien rescata un discurso sorprendente y de gran valor estético acerca de qué es lo que hay que entender por hombre.

En el libro El modo de existencia de los objetos técnicos, Simondon estudia lo mismo pero respecto de la técnica. Si en las dos lecciones anteriores Simondon parece un especialista en filosofía antigua, aquí se viste de ingeniero experto en motores y turbinas. Ciertamente, este libro es mucho más ambicioso y complejo que las dos lecciones. No sólo es parte de una tesis de doctorado, sino que apunta a su época, denunciando la filosofía de la técnica moderna como inútilmente tecnofóbica. Hay que derribar los mitos acerca del reinado de la técnica porque no se reconoce la realidad humana detrás de las máquinas. El clima intelectual propiciado, por ejemplo, por posturas como las de Martin Heidegger en "La pregunta por la técnica" o por la Escuela de Frankfurt, se parece, en opinión de Simondon, a la actitud insólita de Descartes que separa al animal del hombre.

Una vez más el problema es la idea de dominación, ya sea de la máquina ante el hombre o viceversa. "Lejos de ser el vigilante de una tropa de esclavos, el hombre –escribe– es el organizador permanente de una sociedad de objetos técnicos que tienen necesidad de él como los músicos tienen necesidad del director de orquesta". Simondon propone en este sentido un estudio muy amplio y minucioso de la técnica en la Modernidad, que sin dudas constituye una de las grandes obras de ese campo creciente que es la filosofía de la tecnología. Su idea de cómo el objeto técnico se vuelve concreto, la relación que establece entre lo técnico y lo estético, y la contra-historia de la técnica que Simondon propone en la tercera parte de El modo de existencia... son novedosas y sugerentes.

Se entiende así la importancia que Simondon le da a la cibernética y al carácter de su experimento filosófico, carácter que reconoció también incluso el pensador alemán Hans Jonas, discípulo de Heidegger. Si muchas ciencias contemporáneas, desde la genética hasta la sociología funcionalista, desde las neurociencias a la proxémica (el estudio de la organización social del espacio) y la kinésica (el examen de los gestos y movimientos del cuerpo) se basan en los postulados cibernéticos y de la teoría de los sistemas, es hora de interrogarlas con una teoría actual que descomponga las viejas oposiciones.

Simondon propone establecer un humanismo que esté a la altura de estos tiempos, no porque haya que "actualizarse" yendo detrás de los avances científicos, sino porque sencillamente las viejas demarcaciones –por ejemplo, las que distinguen al hombre del animal y de la máquina– perdieron vigencia. El grito de guerra de Foucault contra el humanismo encuentra así un modo mucho más calmo de expresión, pues en su escritura, en su modo de exponer, Simondon parece no tener enemigos y sí una curiosidad inédita por los más variados saberes.

Individuación

La individuación, el libro cuya traducción llegará el año que viene, sintetiza toda la búsqueda de Simondon en una suerte de sistema filosófico que ya está en parte anticipado en los estudios que se presentan en los libros de Prometeo y La Cebra. La teoría de la individuación lleva a afirmaciones tales como: la conciencia se puede comprender a través de la mecánica cuántica; la dialéctica es una teoría fallida sobre el devenir; el psiquismo es una ralentización del proceso vital; los animales tienen tanto vida social como psíquica; la cultura occidental perdió la relación con la espiritualidad porque convirtió en fetiche el concepto de información; la idea de lo social no es tan importante como la idea de lo colectivo. 

Todo tiene "un modo de existencia" particular dentro de una continuidad de los seres semejante a la de los antiguos griegos y romanos. Para Simondon todo ser, sea que pertenezca al reino de lo meramente físico, de lo vital, de lo psíquico, de lo social o de lo técnico, tiene un problema que debe resolver a través de un proceso de "individuación". Es notable la manera en la que Simondon se adelanta a los dilemas actuales de la biología molecular acerca de la información, a la discusión física que luego conducirá a las nanotecnologías (tecnología de los materiales o estructuras que, en ámbito de la física o la química, se miden en nanómetros) o a la renovación del interés por la filosofía del cuerpo y las afecciones, al modo en que la estudió Baruch de Spinoza. En los últimos años, hasta la filosofía política –como la del italiano Paolo Virno– creyó encontrar en esta perspectiva una manera de superar ciertas oposiciones binarias entre lo individual y lo colectivo y entre lo social y lo comunitario.

La influencia de Simondon se ramifica de tal manera que quizás su pensamiento no sólo sea el eslabón perdido de una saga pasada, sino el hallazgo de un punto inicial para un relato futuro.


Sobre los "objetos técnicos"

Este estudio está animado por la intención de suscitar una toma de conciencia del sentido de los objetos técnicos. La cultura se ha constituido en sistema de defensa contra las técnicas; ahora bien, esta defensa se presenta como una defensa del hombre, suponiendo que los objetos técnicos no contienen realidad humana. Querríamos mostrar que la cultura ignora en la realidad técnica una realidad humana y que, para cumplir su rol completo, la cultura debe incorporar los seres técnicos bajo la forma de conocimiento y de sentido de los valores. La toma de conciencia de los modos de existencia de los objetos técnicos debe ser efectuada por el pensamiento filosófico, que se encuentra en la posición de tener que cumplir en esta obra un deber análogo al que cumplió en la abolición de la esclavitud y la afirmación del valor de la persona humana. [...] La cultura está desequilibrada porque reconoce ciertos objetos, como el objeto estético, y le acuerda derecho de ciudadanía en el mundo de las significaciones, mientras que rechaza otros objetos, y en particular los objetos técnicos, en el mundo sin estructura de lo que no posee significaciones, sino solamente un uso, una función útil. Frente a este rechazo defensivo, pronunciado por una cultura parcial, los hombres que conocen los objetos técnicos y sienten su significación buscan justificar su juicio otorgando al objeto técnico el único estatuto valorado actualmente por fuera del de objeto estético, el de objeto sagrado. Entonces nace un tecnicismo intemperante que no es más que una idolatría de la máquina, y a través de esta idolatría, por medio de una identificación, una aspiración tecnocrática al poder incondicional. El deseo de potencia consagra a la máquina como medio de supremacía, y hace de ella el filtro moderno. El hombre que quiere dominar a sus semejantes suscita la máquina androide. Abdica entonces frente a ella y le delega su humanidad. Busca construir la máquina de pensar, soñando con poder construir la máquina de querer, la máquina de vivir, para quedarse detrás de ella sin angustia, libre de todo peligro, exento de todo sentimiento de debilidad, y triunfante de modo mediato por lo que ha inventado. [...] Para volver a dar a la cultura el carácter verdaderamente general que ha perdido, es preciso poder volver a introducir en ella la conciencia de la naturaleza de las máquinas, de sus relaciones mutuas, y de sus relaciones con el hombre, y de los valores implicados en estas relaciones. Esta toma de conciencia precisa de la existencia, junto con el psicólogo y el sociólogo, del tecnólogo o mecanólogo. Más aún, los esquemas fundamentales de causalidad y de regulación que constituyen una axiomática de la tecnología deben ser enseñados de manera universal, como son enseñados los fundamentos de la cultura literaria. La iniciación a las técnicas se debe situar en el mismo plano que la educación científica; es tan desinteresada como la práctica de las artes, y domina tanto las aplicaciones prácticas como la física teórica; puede alcanzar el mismo grado de abstracción y de simbolización. Un niño debería saber qué es una autorregulación o una reacción positiva, al igual que conoce los teoremas matemáticos.

De la Introducción a 
El modo de existencia de los objetos técnicos
, Prometeo, 2007. Ttrad. De Margarita Martínez y Pablo Rodríguez.
Otras Fuentes
LIBROS

Simondon, un naturalista del siglo XX. y dossier en la Revista Artefacto. Pensamientos sobre la técnica, N° 6 (2007).

La individuación, anticipo del texto, publicado en la revista Confines N° 22 (2008)

INTERNET

http://mesetas.net/?q=node/137
blog que publica traducciones de los escritos de Simondon

http://multitudes.samizdat.net/-Majeure-Politiques-de-l-.html
dossier sobre Simondon.