domingo, 26 de octubre de 2008

¿POR QUE SERGE PAUGAM?


¿POR QUE SERGE PAUGAM?
El que pinta bien su aldea
Por Mario Wainfeld

Serge Paugam tiene 48 años, un aire irrebatible de intelectual francés, sonrisa amplia y mucha ansia de hablar de lo que sabe. Es sociólogo, profesor de la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales, en París. Publicó varios libros referidos a pobreza, a políticas sociales y a modos de solidaridad nacional o local. Entre ellos Las formas de descalificación social y Las formas elementales de pobreza que fue traducido y editado en castellano el año pasado.
Se inscribe en un estimable linaje de la ciencia social europea y la de su país: el del académico que interviene en política, que define posiciones, que no se enclaustra en la remanida torre de cristal. Tiene posición tomada (“parti pris” en la no del todo traducible expresión francesa) en el debate público sobre los tema que investiga. Su esposa –que lo acompañó en este viaje– milita activamente en organizaciones que promueven la solidaridad social y las políticas universales.
Fue invitado a la Argentina por el Centro Franco Argentino de Altos Estudios de la Universidad de Buenos Aires. Dio varias conferencias, desplegando una sólida formación en los clásicos de las ciencias sociales, en la política social europea comparada, y un valioso arsenal empírico, condiciones que no siempre vienen en combo.
Es un entrevistado dispuesto, locuaz, hasta larguero. También se interna con gusto en estribaciones de la charla (fuera de micrófono) hacia la realidad argentina. Se interesa por la asignación universal por hijo, se sorprende cuando se le explica que hay una sola CGT. Y más se sorprende cuando, ello confirmado, se le aclara que hay una central alternativa (la CTA) que ocupa un lugar en el mundo. Por lo demás, tiene nociones generales claras de la Argentina, sobre su industrialización a mediados del siglo pasado, su caída, el 2002, el corralito.
Ya de salida, le pregunta al cronista acerca de si la Argentina corrobora su tesis: a mayor crisis económica, mayor solidaridad con los pobres y desocupados. PáginaI12 le comenta sobre las movilizaciones conjuntas entre ahorristas desolados y piqueteros, la nula resistencia social ante la implantación del Plan Jefes y Jefas de Hogar en plena malaria. Los considera puntos a su favor, cree en lo que dice, toma nota.
Por cierto, su aldea (su objeto de estudio) es bien distinta de la Argentina. Pero la pinta tan bien que sus observaciones son fácilmente importables. Cualquier lector argentino se sentirá como en casa ante sus reflexiones sobre el tratamiento estatal y social de la pobreza, los vaivenes de la solidaridad colectiva y de las ideologías dominantes, el peso de los medios en la formación del imaginario sobre los desposeídos.
Si lo viera de cerca un rato, como pudo hacerlo el cronista, se sentiría aún más cómodo.
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"Cada sociedad define quiénes son pobres"



DIALOGOS › POBREZA, EXCLUSION Y ESTADO, EN LA MIRADA DEL SOCIOLOGO FRANCES SERGE PAUGAM

“Cada sociedad define quiénes son pobres”
Aunque Francia es la aldea donde hace foco su análisis, sus reflexiones sobre el tratamiento estatal y social de la pobreza, la solidaridad colectiva y las ideologías dominantes son fácilmente extrapolables. Serge Paugam es un intelectual que no elude el compromiso político. Aquí, sus agudas observaciones.

Por Mario Wainfeld

–Usted alerta contra el riesgo de reducir la noción de pobreza a algunos indicadores económicos, que son importantes pero que no se bastan para definirla. ¿Cómo la definiría, entonces?

–Muy a menudo, cuando se le pide a un sociólogo que defina la pobreza, se le pregunta (antes que nada) cuántos pobres hay. Pero ése no es el fondo de la cuestión, que no se puede reducir a indicadores económicos. Hace falta reflexionar sobre qué es la pobreza en la sociedad y cómo trata la sociedad a ese fenómeno. También rehúso un enfoque sustancialista, reificador. Rehúso decir “bien, los pobres son esto”. El fenómeno es político. No hay definiciones científicas, es imposible: la pobreza la define la política, no los sociólogos. En cambio, los sociólogos pueden interesarse en la forma en que se aborda la pobreza. De mi parte, me intereso en el status de los pobres. Un científico social alemán, George Simmel, definió a principios del siglo XX quiénes son pobres y nada más que pobres. Cómo se definen los pobres al interior del estado social. Para él, lo que definía la condición de pobre era su status de asistido por el Estado. El que es asistido en cuanto pobre y sólo en cuanto pobre, el que no tiene otra cualidad que la de asistido para ser definido socialmente. Cada sociedad define quiénes son pobres y les otorga un determinado status social, eligiendo ofrecerles ayuda. Esa es la definición institucional de la pobreza. Lo que importa es el lazo social que tienen los pobres con la sociedad.

–A menudo, en mi país, cuando se conoce algún dato estadístico (costo de vida, aumento o estancamiento de salarios) se dice o titula en los medios: “hay 500.000 pobres más... o menos”, según quién emita la información. Ese reflejo, me parece, minimiza la complejidad del fenómeno y fastidia intelectualmente.

–Los gobiernos eligen definiciones estadísticas que les permiten manipular el número de pobres ante la opinión pública, para demostrar que durante su mandato el número de pobres disminuyó. Esa reducción numérica es un artificio...

–Usted señala que cada sociedad define la pobreza, según el grado de asistencia que prodiga. ¿No se puede derivar una paradoja aparente que es que en estados con mayor grado de protección social haya (en los papeles al menos) más pobres que en otros sólo porque tienen mayor preocupación?

–Hay que diferenciar analíticamente entre los sistemas que tienen protección y promoción social y los sistemas de pura asistencia. En los países en que se estableció una sociedad salarial, en particular en los estados europeos después de la Segunda Guerra Mundial, la idea era tener la cantidad más residual posible de pobres o desocupados. En una sociedad que desarrolló una protección social generalizada, el número de pobres que necesitan asistencia específica es forzadamente residual. Por ejemplo, mis investigaciones prueban que en los países donde hay seguros de desempleo (o indemnizaciones) más generosos la pobreza es menor. Eso es claro, la pobreza aumenta considerablemente cuando el sistema de cobertura del desempleo es más débil.

–La pobreza puede ser consecuencia de una contingencia del mercado de trabajo o de la economía, un descenso social. O puede ser una suerte de destino prefijado por la sociedad. Usted retoma un texto canónico del antropólogo norteamericano Oscar Lewis que habla de la reproducción social de la pobreza y de una cultura que tiende a perpetuarla generación tras generación. Explíquenos su ángulo, por favor.

–Hay que diferenciar a quienes son pobres desde siempre de los pobres que conocieron una existencia con trabajo estable y que (en algún momento) tuvieron un desclasamiento o un problema. En Europa, cuando se estableció una sociedad salarial con promoción social, la pobreza disminuyó. Pero, con la crisis del Estado benefactor, se desestabilizaron personas estables. Para ellos la pobreza es una caída. En las sociedades que no conocieron esas etapas, la pobreza es una situación estable para las personas que nacieron en ella. Es como un destino para quienes nacieron en ella. A menudo, esas personas están equipadas anímicamente para acomodarse a eso, porque es una condición compartida por gran parte de la población. La evolución histórica de cada sociedad es muy importante. No estoy especialmente provisto para hablar sobre la sociedad argentina... pero me parece que acá hubo una sociedad salarial diferente de la de otros países u otras regiones. Esa sociedad salarial se degradó, hubo un proceso de desestabilización de una condición mejor.

–El concepto de pobreza tiene larga historia, en la literatura, en la cultura popular, también en los albores de las ciencias sociales. El concepto de exclusión, en cambio, es de uso expandido desde hace menos tiempo. ¿Cuándo cobra fuerza en la vida política y en la academia?

–Se empieza a hablar de exclusión cuando se advierte que la pobreza es un concepto dinámico, que no se reduce a una expresión monetaria. La noción de exclusión enriquece la perspectiva de pobreza que tenían los economistas o los actuarios. Pero la palabra se expande demasiado y se empieza a llamar “exclusión” a cualquier cosa, lo que le quita calidad interpretativa. También surgen sinónimos, en español suele hablarse de “marginalidad”. Personalmente, prefiero hablar de “descalificación social” antes que de “exclusión” porque eso permite ver cómo los excluidos son parte del sistema social y no analizarlos como si estuvieran afuera. Están en los bordes, desvalorizados, estigmatizados a menudo... pero ésa es su manera de formar parte de la sociedad, de la que son el último estrato. Pero no un estrato que está afuera.

–La seguridad social extendida tiene dos implícitos. El primero es que el Estado debe garantizar un piso de derechos a todos los ciudadanos. El segundo, su correlato, es que no se debe culpar (y por ende castigar) a nadie por no acceder a ese piso, por quedarse sin trabajo... Cuando estas instituciones y el estado benefactor fueron puestos en entredicho ¿no se pusieron también en jaque esos presupuestos y creció la posibilidad de culpabilizar al pobre o al desocupado y, por lo tanto, desentenderse de su suerte?

–Una sociedad democrática tiene el deber de proteger a los desfavorecidos e implementar un sistema amplio de protección social. Eso incluso se puede completar con un ingreso ciudadano mínimo. Es lo que se hizo en Francia con el RIM (salario mínimo de inserción) hace más de 20 años. Lo que se vio después, en Francia, fue una reducción de la protección social generalizada, por ejemplo del seguro de desempleo, en tanto se abultaba el número de personas ayudadas por la asistencia social. No era un defecto de los asistidos sino de la sociedad que dejó inflarse esa categoría. No solo eso: se comenzó a acusar a los propios pobres por esa situación. Desde que bajó el desempleo en Francia, por los ’90, se entró en un ciclo distinto de tratamiento de la pobreza, dominado por una percepción colectiva que dejó de considerar a los pobres como víctimas, tal como era en los ’70 o los ’80. Se empezó a juzgarlos como perezosos. Esa fue la explicación corriente sobre la pobreza. Nuestro presidente actual, Nicolas Sarkozy, insistía durante la campaña electoral en la noción de “mérito”, de responsabilidad individual, lo que conducía a pensar que los más desfavorecidos lo son por no haber hecho el esfuerzo suficiente para mejorar su condición. Se invirtió la lógica, se pasó de una responsabilidad social a una individual, basada en la culpa de los pobres.

–Según lo interpreto, el presidente Sarkozy no se movió en el vacío, sino en sintonía con cambios en la opinión pública.

–Seguro. En los años ’90 había mayor compasión, había líderes carismáticos muy populares, como el abate Pierre, que incitaban a ayudar a los pobres. Era escuchado. Pero en los años 2000 se llegó a esta idea más insolidaria, sostenida también firmemente por los medios: los pobres son perezosos y aprovechadores. La prensa de derecha hizo series de reportajes sobre “La France asistée” (La Francia asistida). Así la tituló un periódico de derecha llamado Le Point. Y reporteaba a aprovechadores del sistema para denunciar a todos sus beneficiarios. En todos los sistemas sociales hay casos de ventajeros, seguro, pero la cuestión es no hacer extrapolaciones excesivas. La prensa de derecha incurrió en ese exceso.

–Volvamos al ingreso ciudadano universal. En la Argentina existe esa demanda, desoída por los gobiernos. ¿Cuál es su evaluación sobre esa institución?

–Soy partidario del ingreso ciudadano pero no como medida aislada. La experiencia demuestra que es preferible ligarlo a medidas preventivas de la pobreza. No hay que limitarse a imponer un salario ciudadano, hacerlo aisladamente tal vez no disminuiría mucho la pobreza. El objetivo es lanzar una política global de tratamiento de la pobreza: la educación es fundamental, porque les da a los chicos que nacen en hogares pobres herramientas para buscar un mejor porvenir. Pero, atención, la política de formación es también un derecho de los adultos. En los países escandinavos, los más avanzados que se conocen, la formación profesional sigue toda la vida, permitiendo al que está en situación de precariedad disponer de recursos para salir. El ingreso mínimo debe estar legislado dentro de un conjunto de políticas más globales, ésa es la vía más eficaz. No es la que seguimos en Francia hoy, lamentablemente.

–Es inevitable hablar de la crisis económica internacional. Le pido una hipótesis de cómo podría impactar en los temas que venimos tratando. Una pista, una intuición, no una certeza.

–No soy un profeta...

–No vendría nada mal, tendría bastante trabajo.

–Los sociólogos no somos profetas...

–No, ésos son los economistas.

(Risas) –No soy economista, eso es seguro. De cualquier manera, siempre me impactaron los ciclos de la economía. En los ciclos de fuerte crecimiento del desempleo hay fuerte apoyo de la población a las políticas sociales. Cuando se reactiva la economía y hay más creación de empleo, son ciclos no favorables a la ayuda a los pobres. Se hace todo para que los pobres se acomoden y acepten los empleos disponibles, que son los empleos indeseables que los otros no quieren aceptar. Se los usa para hacer funcionar mejor el sistema, dentro de un rol de inútiles que se les impone. La precariedad es una herramienta útil para flexibilizar. Así que en la crisis que se atraviesa, el crecimiento se ralentará y el desempleo crecerá. Yendo a su pregunta, la lógica indica que se entra en una nueva fase en la que se reconsiderará los reclamos de los pobres. Así pasó en las grandes crisis capitalistas o después de la Segunda Guerra Mundial, en momentos de grandes dificultades. En esas etapas, se busca más la solidaridad y la armonía social.

–Ojalá...

–En todo caso, ya le dije que no soy profeta...


mwainfeld@pagina12.com.ar

CRISIS DEL CAPITAL


EL DERRUMBE DE LAS BOLSAS Y LA RECESION EN LAS POTENCIAS
Crisis del capital
La actual debacle es una crisis clásica de sobreacumulación de capitales y sobreproducción. La salida, si no emerge un sujeto social que cuestione de raíz el sistema, será otra fase del capital.

Por Eduardo Lucita*

Crisis de liquidez, de solvencia, de confianza. Los Estados intervienen con miles de millones de dólares, euros, yenes, libras, pero la debacle es mundial y se profundiza día a día. Ya nadie sabe cuál es el piso. El centro de la crisis es financiero pero la producción ya siente los efectos, y la desaceleración se va convirtiendo, mucho más rápidamente de lo previsible, en recesión. La industria norteamericana acumula nueve trimestres consecutivos negativos y ya ha perdido 750.000 puestos de trabajo en el año. De éstos, 159.000 sólo en septiembre. En Europa, Irlanda, el país que era ejemplo de recuperación, ya se declaró en recesión. Francia y Dinamarca también. Para antes de fin de año se espera que lo haga Alemania, con una caída muy fuerte de sus exportaciones. Gran Bretaña, España y Suecia también manifiestan sus problemas. Las tesis del desacople fueron abandonadas antes de que se pudiera profundizar su argumentación. Toda la economía mundial está afectada por la crisis. La pregunta es: ¿se entrará en depresión, tal como pasó con la crisis del ’30?
El Banco Mundial proyectaba un crecimiento del PBI estadounidense del 1,1 por ciento para el 2008 y del 1,9 para 2009. Otras estimaciones suponían crecimiento cero para el año en curso. La Unión Europea estimaba una reducción de su tasa de crecimiento, ya de por sí débil. El BM proyectó 1,7 y 1,5 para 2008 y 2009, respectivamente. Algunos estudios comparativos señalan que está quedando atrás la etapa de crecimiento económico con bajas tasas de inflación. La tendencia que se iría perfilando en los principales países es a un “crecimiento económico desacelerado a la mitad y una tasa de inflación acelerada al doble”. En América latina se pronostica una aceleración de la inflación y por lo tanto mayores índices de pobreza, que llegaría al 37,9 por ciento de la población. En estos días la crisis ha pegado un salto en calidad y las pobres estimaciones de crecimiento serán seguramente revisadas a la baja.
Los gurúes financieros y analistas varios no hacen más que hablar de la falta de regulaciones, de la ausencia de controles estatales frente a la “codicia” de especuladores y banqueros. Acusan a “la plata loca” y a esa idea de hacer dinero del propio dinero sin tener que pasar por el difícil trámite de la producción. Depositan así el origen de la crisis en el neoliberalismo, dejando de lado que muchos de ellos hasta no hace mucho elogiaban la financiarización de la economía. Pero ocultan que el neoliberalismo no es más que una fase como antes hubo otras, y por lo tanto exculpan al sistema del capital como tal. Se niegan a reconocer que el sector financiero ha sido el catalizador de la crisis. Esta, más allá de sus propias especificidades, es una crisis clásica de sobreacumulación de capitales y sobreproducción. Y muestra cómo una y otra vez el capital se enfrenta a sus propios condicionamientos. La acumulación del capital está siempre condicionada por los métodos y formas que se ve obligado a utilizar. Su continuidad depende de que pueda superarlas recurriendo a otras modalidades, métodos y criterios, que en última instancia operan como sus propios límites, a los que en algún momento tendrá que superar.

Esto es lo que ha sucedido desde mediados de los años ’70 hasta ahora. La reestructuración de los espacios productivos, de distribución y comercialización que el capital impulsó para resolver su crisis, requería desmontar el conjunto de regulaciones y controles estatales existentes que hacía demasiado “rígidos” a los mercados. Conviene recordar las discusiones en nuestro país, las monsergas acerca de las bondades del libre mercado, de la eliminación de los controles burocráticos, del exceso de estatalismo. Ahora bien, a esas “rigideces” y controles los había levantado el propio capital a nivel mundial, precisamente para resolver la crisis al concluir la Segunda Guerra Mundial.

Nueva fase

La salida de esta crisis, si no emerge un sujeto social que cuestione de raíz el sistema, será otra fase del capital. La inaugurada por la era Reagan-Thatcher ha llegado a su fin. La que vendrá, cuyas características no pueden pronosticarse con precisión, mostrará seguramente un capitalismo más concentrado, una pérdida de hegemonía financiera de Estados Unidos y cuestionamientos a su liderazgo económico en el mediano plazo. Todo indica que veremos nuevas relaciones entre los países y nuevos equilibrios internacionales.
La globalización pareciera encontrar límites a su desarrollo. La reciente fallida reunión preparatoria de la Ronda de Doha y el apoyo a medidas proteccionistas por un numeroso grupo de países encabezados por la India y China, apoyados entre otros por Argentina, han sido un anticipo, una muestra más de que las armas del neoliberalismo están melladas. De ahora en adelante asistiremos a un mayor multilateralismo junto con una mayor defensa de los mercados internos de los países.
Un retorno a políticas proteccionistas y regulaciones estatales –aunque no de la envergadura de las de posguerra– se perfila en el horizonte. Esto daría un mayor margen de maniobra a las burguesías locales, aunque éstas deberán lidiar con sus propias crisis y deberán convivir con una mayor debilidad ideológica del sistema como tal.
Al haber hecho del consumismo, del reino del mercado y del individualismo, y sobre todo al poner el dinero como la medida de valor de todo, el capitalismo ha quedado expuesto, ya que la crisis estalló por este lado. Así puede estar incubándose una fuerte crisis de legitimidad.

Deudores que temen perder sus casas, jubilados que ven peligrar sus fondos de pensión, trabajadores de la construcción, del transporte, municipales, metalúrgicos, plomeros, profesores que critican el salvataje para ricos, la pérdida de empleos y la desvalorización de sus aportes previsionales han comenzado a manifestarse en Estados Unidos. Por otro lado ya hay certezas de que la profundización de la recesión convalidará un estancamiento en las condiciones de vida de la población y una cristalización de las fuertes desigualdades existentes. Según el Departamento de Agricultura, a julio de este año, 29 millones de personas recibieron cupones de alimentación. Esta cifra es la más alta desde el 2005, cuando se produjo el desastre del Katrina. En paralelo se multiplican los llamados a las líneas de Prevención de Suicidios: “Muchos de quienes llaman tienen la sensación de que les han quitado la alfombra bajo los pies”, dicen las recepcionistas. Temor, pánico y descontento popular van en aumento.

Esta semana ha comenzado con numerosas organizaciones y movimientos sociales estadounidenses convocando a una marcha nacional en protesta por las medidas económicas del gobierno Bush, mientras que en Europa han comenzado las movilizaciones. “It’s Capitalism, Stupid”, rezaba una pancarta levantada por obreros en las calles de Nueva York.
* Integrante del colectivo EDI-Economistas de Izquierda.

Domingo, 26 de Octubre de 2008

Claves
“Crisis de liquidez, de solvencia, de confianza. Los Estados intervienen con miles de millones, pero la debacle es mundial y se profundiza día a día.”

“El centro de la crisis es financiero, pero la producción ya siente los efectos y la desaceleración se va convirtiendo en recesión.”

“Toda la economía mundial está afectada por la crisis. La pregunta es: ¿se entrará en depresión, tal como pasó con la crisis del ’30?”.

“Lo que vendrá mostrará seguramente un capitalismo más concentrado y una pérdida de hegemonía financiera de los Estados Unidos.”

“Se cuestionará el liderazgo económico de Estados Unidos en el mediano plazo.”

“Todo indica que veremos nuevas relaciones entre los países y nuevos equilibrios internacionales.”

Tu cuna fue un banco

DOMINGO, 26 DE OCTUBRE DE 2008
EL BAUL DE MANUEL
Por Manuel Fernández López


Tu cuna fue un Banco
El libro Naturaleza del comercio en general, escrito por el irlandés Richard Cantillon (RC), fue, según se ha dicho, la cuna de la Economía Política. Y su autor, por otra parte, construyó una gran fortuna en la Bolsa de París. RC nació en 1680. Pasó a París, para colaborar con su tío, antiguo guerrero convertido en banquero de los jacobitas exiliados, quien al morir en 1717 le legó los activos y los ingentes pasivos de su establecimiento. Nacionalizado francés, y desde su nueva posición de banquero, RC ingresó al mundo de las altas finanzas francesas. Al mismo tiempo, el escocés John Law convencía al regente, el duque de Orleans, que aceptara el proyecto de una Banque Générale, con un capital de 6 millones de libras, dividido en 1200 acciones de 5000 libras cada una. El banco fue facultado a emitir billetes de banco pagaderos a la vista por el peso y valor de su denominación en el día de emisión. En 1717, un decreto habilitó a los billetes de Law para cancelar deudas tributarias. Ese año Law fundó la Compagnie de la Louisiana ou d’Occident, con amplias facultades en el área irrigada por el Mississippi, el Ohio y el Missouri. En 1718, la Banque Générale se convirtió en Banque Royale. En 1719, las acciones de la Mississippi subieron y formaron una burbuja especulativa. Según solía ocurrir, los capitales particulares y públicos se requerían mutuamente: RC, asociado a Law, había hecho ingentes ganancias con tales acciones. Pero al fusionarse el banco y la Compagnie comenzó el pánico, que se acentuó el 21 de mayo de 1720, por un decreto que reducía gradualmente el valor de los billetes a la mitad. RC previó que las acciones caerían bruscamente y, al alcanzar su valor máximo, vendió y ganó una fortuna. Según Jevons, “Cantillon hizo una fortuna de varios millones en pocos días”. Pero el enriquecimiento significó “apostar contra su socio”, Law, por lo que RC debió huir de París, y poco después debió hacer lo mismo Law. No por ello RC abandonó sus negocios en Francia: se asoció con el banquero inglés John Hughes, quien al fallecer fue sucedido por su esposa. RC, que quedó a cargo de los negocios, como el cuento del escorpión, no pudo con su genio y volvió a traicionar a su socio –en este caso, la viuda de Hughes–, anotando a su favor las ganancias y a favor de la sociedad las pérdidas. Descubierto, su única salida fue el Canal de la Mancha, rumbo a Londres, adonde se cree que murió asesinado.
De míster a Lord


Ahora que el siglo XX transcurrió completo, y se puede formar una visión de conjunto, podemos estimar que John Maynard Keynes fue un gran benefactor de la humanidad, o al menos del Reino Unido, y fue también uno de los economistas que más aportaron a la ciencia moderna. Ello no le impidió convertirse en un exitoso especulador, al comprobar que su patrimonio había caído hasta el piso. Su discípulo Roy Harrod contó esta historia en páginas brillantes: “En los últimos días de mayo (de 1920) no le cupo duda que estaba arruinado. Entre principios de abril y fines de mayo perdió 13.125 libras... Indudablemente, habría sido desastroso que un hombre que acababa de conmover a la opinión pública mundial pretendiendo saber más que los poderosos de la tierra, hubiera quebrado... El debía usar su cerebro para llevar a su bolsa algo de ese dinero... Así se dedicó de lleno a esas negociaciones. A finales de 1924 calculó que el valor de su haber, después de deducir sus grandes sobregiros y sin contar cuadros ni libros, era de 57.797 libras. A principios de 1937 había subido a 506.450 libras. Al morir dejó unas 450.000 libras, incluyendo el valor de sus cuadros y libros... Es conveniente que ahondemos más en sus negociaciones financieras. Continuó interviniendo diariamente en el mercado de cambios. A fines de 1920 empezó a interesarse por el algodón, y a principios de 1921 abrió una cuenta en esta mercancía, y negoció en grande. Luego, sus intereses se ampliaron, y lo vemos tratando en plomo, estaño, cobre, peltre, caucho, trigo, azúcar, aceite de linaza y yute. Todas estas negociaciones se basaban en un cuidadoso estudio de las influencias generales que afectaban el mercado mundial en cada una de las mercancías. Se mantuvo activo en estas operaciones hasta 1937, cuando enfermó y decidió abandonarlas; fue uno de los pocos sacrificios que hizo a la necesidad impostergable de conservar sus energías. Durante la década de 1920 sus operaciones personales fueron altamente especulativas y apoyadas sobre estrechos márgenes de cobertura. También estaba interesado en valores, y participaba en varios consorcios. Durante la década de 1920 trabajó muy íntimamente con (O.T.) Falk, y a menudo ambos prestaron sus servicios profesionales como consejeros de varias firmas”
(R. Harrod, La vida de John Maynard Keynes, México, 1958. Traducción de A. Ramos Oliveira y M. Monteforte Toledo).