lunes, 20 de octubre de 2008

Cuando el intelecto no interviene puede surgir el amor

KRISHNAMURTI

Cuando el intelecto no interviene puede surgir el amor

Cuando observéis vuestro propio pensar, veréis que es un proceso aislado y fragmentario. Pensáis según vuestras reacciones, las reacciones de vuestra memoria, de vuestra experiencia, de vuestro conocimiento, de vuestra creencia. Ante todo eso reaccionáis.

¿Cómo podéis detener el pensamiento? O más bien, ¿cómo se detendrá el pensamiento que es aislado, fragmentario y parcial? ¿Cómo empezar? ¿Lo destruirá eso que llamáis disciplina? Es evidente que han pasado muchos años y no lo habéis logrado; de no ser así, no estaríais aquí. Debéis examinar el proceso disciplinario que es tan sólo un proceso del pensamiento en el que hay sujeción, represión, control, dominación, todo lo cual afecta al inconsciente, que se impone más tarde, a medida que envejecéis. Habiendo ensayado en vano la disciplina durante tanto tiempo, debéis haber visto que la disciplina, evidentemente, no es el proceso para destruir el “yo”. El “yo” no puede ser destruido mediante la disciplina, porque la disciplina es un proceso de fortalecimiento del “yo”.

Sin embargo, todas vuestras religiones la defienden; todas vuestras meditaciones, vuestras afirmaciones, se basan en eso. ¿Destruirá al “yo” el conocimiento? ¿Lo destruirá la creencia? En otras palabras: todo lo que actualmente hacemos, todas las actividades en que hoy estamos empeñados para llegar hasta la raíz del “yo”, ¿Producirán buenos resultados? ¿No es todo eso de una inutilidad absoluta dentro de un proceso de pensamiento que es un proceso de aislamiento, un proceso de reacción?

¿Os dais cuenta de este hecho? Cuál es el estado de la mente que dice “es así”, “ése es mi problema”, “he ahí exactamente mi situación”, “ya veo lo que el conocimiento, la disciplina y la ambición pueden hacer”? A buen seguro que, si veis todo esto, es que ya se está desarrollando un proceso diferente.

Podemos ver los caminos por los que discurre el intelecto, pero no así los del amor; la senda del amor no puede hallarse a través del intelecto. El intelecto con todas sus ramificaciones, con todos sus deseos, ambiciones, empeños, debe cesar para que el amor surja. ¿No sabéis que cuando tenéis amor, estáis cooperando y no pensáis en vosotros mismos? Esa es la forma más elevada de inteligencia, no el que améis como un ser superior o el que estéis en buena posición, lo cual no es sino miedo. Cuando están ahí vuestros intereses creados, no puede haber amor; sólo existe el proceso de explotación que nace del miedo. Así pues, el amor sólo puede surgir cuando la mente no interviene. Por lo tanto debéis comprender todo el proceso y la función de la mente.

Sólo cuando sabemos amarnos los unos a los otros puede haber cooperación, puede funcionar la inteligencia y puede haber acuerdo sobre cualquier cuestión. Sólo entonces resulta posible descubrir qué es Dios, qué es la verdad. Sin embargo procuramos hallar la verdad a través del intelecto y la imitación, lo cual es idolatría. Sólo cuando descartáis completamente, gracias a la comprensión, toda la estructura del “yo”, adviene aquello que es eterno, atemporal, inconmensurable. No podéis ir a ello; ello viene a vosotros.

Krishnamurti,Amor y sexualidad

Krishnamurti ,Amor y sexualidad

La relación es el espejo en el que nos vemos a nosotros mismos tal como somos. Toda vida es un movimiento en relación. No existe nada viviente sobre la Tierra que no esté relacionado con una cosa u otra. Aun el ermitaño, un hombre que se marcha a un paraje solitario, sigue en relación con el pasado y con aquellos que le rodean. No es posible escapar de la relación. En esa relación, que es el espejo que nos permite vernos a nosotros mismos, podemos descubrir lo que somos, nuestras reacciones, nuestros prejuicios y temores, las depresiones y ansiedades, la soledad, el dolor, la pena, la angustia. También podemos descubrir si amamos o si no hay tal cosa como el amor. Por lo tanto, examinaremos este problema de la relación, porque la relación es la base del amor.
Madras, India, 26 de diciembre de 1982

El sexo se vuelve un problema extraordinariamente difícil y complejo en tanto no comprendemos la mente que piensa acerca del problema. El acto sexual en sí nunca puede ser un problema, lo que crea el problema es el pensamiento a cerca del acto.La Libertad Primera y Última
Cuando vemos todo esto: lo que hacemos del amor, del sexo, de la autocomplacencia, de tomar votos contrarios al sexo..., cuando vemos el cuadro completo, no como una idea sino como un hecho real, entonces el amor, el sexo y la castidad son una sola cosa. No están separados. Es la separación de las relaciones la que corrompe. El sexo puede ser tan casto como el cielo azul sin nubes; pero con el pensamiento, la nube llega y oscurece el cielo.

Conversaciones

Cuando hay amor, el sexo jamás es un problema.Cuando somos jóvenes, tenemos fuertes impulsos sexuales casi todos tratamos de habérnoslas con estos deseos controlándolos y disciplinándolos, porque pensamos que sin alguna clase de restricción nos volveremos excesivamente lascivos. Las religiones organizadas se preocupan mucho acerca de nuestra moralidad sexual, pero nos permiten cometer violencia y asesinato en nombre del patriotismo, entregarnos a la envidia y a la crueldad más astuta, perseguir el poder y el éxito. ¿Por qué se interesan tanto en este tipo particular de moralidad y no atacan la explotación, la codicia y la guerra? ¿No es porque las religiones organizadas, siendo parte del medio que hemos creado, dependen para su existencia de nuestros temores y nuestras esperanzas, de nuestra envidia y nuestro espíritu separativo? Por consiguiente, en el campo religioso como en todo otro campo, la mente está presa en las proyecciones de sus propios deseos.
Mientras no haya una profunda comprensión de todo el proceso del deseo, la institución del matrimonio tal como hoy existe, ya sea en Oriente como en Occidente, no puede proporcionar la respuesta al problema sexual. El amor no es inducido por la firma de un contrato, ni se basa en un intercambio de gratificaciones ni en la mutua seguridad y confortación. Todas estas cosas pertenecen a la mente, y por eso el amor ocupa un lugar tan pequeño en nuestras vidas. El amor no es cosa de la mente, es por completo independiente del pensamiento con sus astutos cálculos, sus exigencias y reacciones auto protectoras. Cuando hay amor, el sexo jamás es un problema; lo que crea el problema es la falta de amor.
Los obstáculos y escapes de la mente constituyen un problema, y no el sexo o alguna otra cuestión específica; por eso es importante comprender el proceso de la mente, sus atracciones y repulsiones, sus respuestas a la belleza, a la fealdad.

El Arte de Amar ¿Es el amor un arte?

El Beso” (1907-1908) del pintor austríaco Klimt.

El Arte de Amar ¿Es el amor un arte?


En tal caso, requiere conocimiento y esfuerzo. ¿O es el amor una sensación placentera, cuya experiencia es una cuestión de azar, algo con lo que uno "tropieza" si tiene suerte?




Todos están sedientos de amor; ven innumerables películas basadas en historias de amor felices y desgraciadas, escuchan centenares de canciones triviales que hablan del amor, y, sin embargo, casi nadie piensa que hay algo que aprender acerca del amor.

Esa peculiar actitud se debe a varios factores que, individualmente o combinados, tienden a sustentarla. Para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la propia capacidad de amar. De ahí que para ellos el problema sea cómo lograr que se los ame, cómo ser dignos de amor.


Para alcanzar ese objetivo, siguen varios caminos. Uno de ellos, utilizado en especial por los hombres, es tener éxito, ser tan poderoso y rico como lo permita el margen social de la propia posición. Otro, usado particularmente por las mujeres, consiste en ser atractivas por medio del cuidado del cuerpo, la ropa, etc. Existen otras formas de hacerse atractivo, que utilizan tanto los hombres como las mujeres, dependiendo de lo que el ambiente social valore más en ese momento y lugar. Muchas de las formas de hacerse querer son iguales a las que se utilizan para alcanzar el éxito, para "ganar amigos e influir sobre la gente".


En realidad, lo que para la mayoría de la gente de nuestra cultura equivale a digno de ser amado es, en esencia, una mezcla de popularidad y sex-appeal.


La segunda premisa que sustenta la actitud de que no hay nada que aprender sobre el amor, es la suposición de que el problema del amor es el de un
objeto y no de una facultad. La gente cree que amar es sencillo y lo difícil encontrar un objeto apropiado para amar -o para ser amado por él-. En las últimas generaciones el concepto de amor romántico se ha hecho casi universal en el mundo occidental. En los Estados Unidos de Norteamérica, si bien no faltan consideraciones de índole convencional, la mayoría de la gente aspira a encontrar un "amor romántico", a tener una experiencia personal del amor que lleve luego al matrimonio. Ese nuevo concepto de la libertad en el amor debe haber acrecentado enormemente la importancia del objeto frente a la de la función.


Hay en la cultura contemporánea otro rasgo característico, estrechamente vinculado con ese factor. Toda nuestra cultura está basada en el deseo de comprar, en la idea de un intercambio mutuamente favorable. La felicidad del hombre moderno consiste en la excitación de contemplar las vidrieras de los negocios, y en comprar todo lo que pueda, ya sea al contado o a plazos. El hombre (o la mujer) considera a la gente en una forma similar. Una mujer o un hombre atractivos son los premios que se quiere conseguir. "Atractivo" significa habitualmente un buen conjunto de cualidades que son populares y por las cuales hay demanda en el mercado de la personalidad. Las características específicas que hacen atractiva a una persona dependen de la moda de la época, tanto física como mentalmente.


De cualquier manera, la sensación de enamorarse sólo se desarrolla con respecto a las mercaderías humanas que están dentro de nuestras posibilidades de intercambio. Quiero hacer un buen negocio; el objeto debe ser deseable desde el punto de vista de su valor social y al mismo tiempo, debo resultarle deseable, teniendo en cuenta mis valores y potencialidades manifiestas y ocultas. De ese modo, dos personas se enamoran cuando sienten que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado, dentro de los límites impuestos por sus propios valores de intercambio. En una cultura en la que prevalece la orientación mercantil y en la que el éxito material constituye el valor predominante- no hay en realidad motivos para sorprenderse de que las relaciones amorosas humanas sigan el mismo esquema de intercambio que gobierna el mercado de bienes y de trabajo.


El tercer error que lleva a suponer que no hay nada que aprender sobre el amor, radica en la confusión entre la experiencia inicial del "enamorarse" y la situación permanente de estar enamorado o, mejor dicho de "permanecer" enamorado. Si dos personas que son desconocidas la una para la otra, como lo somos todos, dejan caer de pronto la barrera que las separa y se sienten cercanas, se sienten uno, ese momento de unidad constituye uno de los más estimulantes y excitantes de la vida. Y resulta aún más maravilloso y milagroso para aquellas personas que han vivido encerradas, aisladas, sin amor. Ese milagro de súbita intimidad suele verse facilitado si se combina o inicia con la atracción sexual y su consumación. Sin embargo, tal tipo de amor es, por su misma naturaleza, poco duradero. Las dos personas llegan a conocerse bien, su intimidad pierde cada vez más su carácter milagroso, hasta que su antagonismo, sus desilusiones, su aburrimiento mutuo, terminan por matar lo que pueda quedar de la excitación inicial. No obstante, al comienzo no saben todo esto; en realidad, consideran la intensidad del apasionamiento, ese estar "locos" el uno por el otro, como una prueba de la intensidad de su amor, cuando sólo muestra el grado de su soledad anterior.


Esa actitud -que no hay nada más fácil que amar- sigue siendo la idea prevaleciente sobre el amor, a pesar de las abrumadoras pruebas de lo contrario. Prácticamente no existe ninguna otra actividad o empresa que se inicie con tan tremendas esperanzas y expectaciones, y que, no obstante, fracase tan a menudo como el amor. Si ello ocurriera con cualquier otra actividad, la gente estaría ansiosa por conocer los motivos del fracaso y por corregir sus errores o renunciaría a la actividad. Puesto que lo último es imposible en el caso del amor, sólo parece haber una forma adecuada de superar el fracaso del amor, y es examinar las causas de tal fracaso y estudiar el significado del amor.


El primer paso a dar es tomar conciencia de que el amor es un arte como es un arte el vivir. Si deseamos aprender a amar debemos proceder en la misma forma en que lo haríamos si quisiéramos aprender cualquier otro arte, música, pintura, carpintería o el arte de la medicina o la ingeniería.


¿Cuáles son los pasos necesarios para aprender cualquier arte?

El proceso de aprender un arte puede dividirse convenientemente en dos parte: una, el dominio de la teoría; la otra, el dominio de la práctica. Si quiero aprender el arte de la medicina, primero debo conocer los hechos relativos al cuerpo humano y a las diversas enfermedades. Una vez adquirido todo ese conocimiento teórico, aún no soy en modo alguno competente en el arte de la medicina. Sólo llegaré a dominarlo después de mucha práctica, hasta que eventualmente los resultados de mi conocimiento teórico y los de mi práctica se fundan en uno, mi intuición, que es la esencia del dominio de cualquier arte. Pero aparte del aprendizaje de la teoría y la práctica, un tercer factor es necesario para llegar a dominar cualquier arte el dominio de ese arte debe ser un asunto de fundamental importancia, nada en el mundo debe ser más importante que el arte. Esto es válido para la música, la medicina, la carpintería y el amor. Y quizás radique ahí el motivo de que la gente de nuestra cultura, a pesar de sus evidentes fracasos, sólo en tan contadas ocasiones trata de aprender ese arte. No obstante el profundo anhelo de amor, casi todo lo demás tiene más importancia que el amor: éxito, prestigio, dinero, poder; dedicamos casi toda nuestra energía a descubrir la forma de alcanzar esos objetivos, y muy poca a aprender el arte del amor.


¿Sucede acaso que sólo se consideran dignas de ser aprendidas las cosas que pueden proporcionarnos dinero o prestigio, y que el amor, que "sólo" beneficia al alma, pero que no proporciona ventajas en el sentido moderno, sea un lujo por el cual no tenemos derecho a gastar muchas energías?

Extractado de Fromm, E. "El Arte de Amar"

LA FICCION SEGUN FOSTER WALLACE


Todo esto es muy divertido
Por David Foster Wallace

La mejor metáfora que conozco para eso de ser un escritor de ficción con un libro largo a medio escribir es el Mao II de Don DeLillo, donde describe al libro en proceso como una suerte de bebé horriblemente deformado que sigue al escritor por todos lados, gatea siguiendo al escritor (se arrastra por el piso de los restaurantes donde el escritor trata de comer, aparece al pie de la cama apenas se despierta, etc.) con sus horribles deformaciones, su hidrocefalia y su cara sin nariz y sus brazos como aletas y su incontinencia y su retardo y su fluido cerebro-espinal que babea mientras hace gorgoritos y le grita al autor, pidiendo que lo amen, pidiendo justo lo que su misma fealdad le garantiza: la absoluta atención del escritor.


El tópico del bebé deformado es perfecto porque captura la mezcla de repulsión y amor que el escritor de ficción siente por el texto en que está trabajando. La ficción siempre sale horriblemente defectuosa, una traición horrible a todas tus ilusiones, una caricatura repelente y cruel de la perfección del concepto –sí, hay que entenderlo: grotesca porque es imperfecta–. Y sin embargo, ese bebé es propio, es uno y uno lo ama y lo mima y le limpia el fluido cerebro-espinal de la boquita fofa con la manga de la única camisa limpia que queda (y queda una sola camisa limpia porque hace como tres semanas que uno no lava nada porque por fin parece que este personaje o este capítulo está al borde de definirse y funcionar y uno está aterrado de pasar un minuto haciendo otra cosa que trabajar porque si uno se distrae aunque sea un segundo puede perderlo, condenando al bebé a la fealdad eterna). Y uno ama tanto al bebé deforme y le tiene tanta pena y lo cuida tanto; pero también uno lo odia –lo odia– porque es deforme, repelente, porque le pasó algo grotesco en el parto que va de la cabeza a la página; lo odia porque su deformidad es la deformidad de uno (si uno fuera un mejor escritor de ficción el bebé por supuesto que sería como esos bebés de los catálogos de ropa de bebés, perfecto y rosadito y continente con su líquido cerebro-espinal) y cada una de sus exhalaciones horribles incontinentes es un cuestionamiento devastador para uno, a todo nivel... y por eso uno quiere que se muera, hasta cuando uno lo mima y lo limpia y lo alza y hasta le da a veces atención de emergencia cuando parece que su deformidad lo asfixia y se va a morir nomás.
Todo esto es muy desordenado y triste, pero a la vez es también tierno y conmovedor y noble y cool –es una relación genuina, a su modo– y hasta en el pico de su fealdad el bebé deforme de alguna manera toca y despierta lo que uno sospecha son las mejores cosas de uno: cosas maternales, cosas oscuras. Uno ama mucho a su bebé. Y uno quiere que otros también lo amen cuando llegue el momento de que el niño deforme salga y enfrente al mundo.


Pero querer que otros lo amen, de hecho, significa la esperanza de que otros de alguna manera no vean al nene deforme como uno lo ve –como una traición grotesca y mal formada de las mismas posibilidades que le dieron vida–. Uno espera y mucho que ellos lo miren y lo alcen y lo mimen y se enamoren de algo que ellos ven como rosadito y entero, como el tipo de milagro trascendente que son los bebés sanos y los libros a escribir.

O sea que uno queda medio entrampado: uno ama al nene y uno quiere que otros lo amen, pero eso significa esperar que otros no lo vean de verdad. Uno quiere más o menos engañar a los otros: que vean como perfecto algo que de corazón uno sabe que es una traición a cualquier noción de perfección.

O uno no quiere engañar a nadie: lo que uno quiere es que ellos vean y amen a un bebé divino, milagroso, perfecto, de propaganda y que encima tengan razón en lo que ven y sienten. Uno quiere equivocarse por completo: uno quiere que la fealdad del bebé deforme resulte ser nada más que una rara alucinación o engaño de uno. Sólo que eso significaría que uno está loco: uno fue perseguido por y asqueado por deformidades horrendas que de hecho (otros lo convencen a uno) no existen. O sea que a uno le faltan al menos un par de jugadores, no hay duda. Aún peor: también significaría que uno ve y desprecia deformaciones en algo que uno creó (y ama), en la propia semilla, de cierto modo en uno mismo. Y esta última y mejor esperanza representaría algo mucho peor que ser un mal padre: sería una clase terrible de autoagresión, casi de autotortura. Pero pese a todo es lo que uno más desea: estar completa, insana y suicidamente equivocado. Todo esto es muy divertido. No me malinterpreten.
A los 46 años, el viernes 12 de septiembre, David Foster Wallace se ahorcó en su casa
RADAR LIBROS PAG 1/2 21 Septiembre de 2008

Por mano propia


Por mano propia
Por David Gates

Cuando me enteré de que David Foster Wallace, de apenas 46 años, se había colgado en su casa de California, abrí su obra maestra, Infinite Jest (La broma infinita), en cualquier página y me encontré con una escena en que un drogadicto en recuperación recuerda un momento de angustia existencial de su infancia. “Era un total horror psíquico: muerte, decadencia, disolución, espacio frío vacío negro malevolente solitario nulo. Era lo peor que alguna vez hubiera enfrentado... Entendí a nivel intuitivo por qué hay gente que se mata. Si tuviera que sentir lo que sentía por un tiempo, seguro que me mato.” Seguramente vamos a encontrar más y más claves como ésta en su obra: algunos escritores –como Hemingway– parecen pasar años escribiendo su carta de suicidio justo bajo nuestras narices. En el último libro de Wallace, Extinción, el atormentado protagonista de “El neón de siempre” es un publicitario que se sintió toda la vida un fraude –y era amigo de chico de un tal David Wallace– y se llena de antihistamínicos antes de estrellar el auto contra el terraplén de un puente. Y también en el discurso que hizo en Kenyon College para la graduación de 2005, cuando sacó de la nada que “hay una vieja frase que dice que la mente es un excelente sirviente pero un terrible amo... no es en absoluto una coincidencia que tantos adultos que se pegan un tiro lo hagan siempre en la cabeza. Le pegan un tiro al amo terrible. La verdad es que la mayoría de esos suicidas ya están muertos mucho antes de tirar del gatillo”.


Falta para que estas “pistas” aparentes dejen de brillar como neones en la obra de Wallace. Su obra va a sobrevivir los detalles morbosos de su muerte. En el futuro, nadie podrá descartarlas como los síntomas de un caso de depresión: la angustia a la que dio forma artística es demasiado real y universal. Es cierto que Wallace era un caso de depresión, pero de la misma manera en que todos somos un caso: encerrados en nuestros cráneos y aislados de los demás, vivimos en mundos y más mundos de indominables, apiñadas sensaciones, emociones, actitudes, opiniones y –esa palabra de neutralidad que asusta– información. “Lo que nos pasa por adentro –escribió Wallace en “El neón de siempre”– es simplemente demasiado rápido y demasiado grande y todo interconectado como para que las palabras puedan más que formar el más burdo boceto de una partecita ínfima en un momento dado.” El título de Infinite Jest recuerda a Hamlet con la calavera –la de Yorick, “a fellow of infinite jest”, el bufón de la broma infinita– y el proyecto literario de Wallace era sacar un poco de ese infinito afuera para que pudiéramos verlo y oírlo. Esto explica sus notas al pie y sus colofones, sus digresiones dentro de digresiones y su compulsivo, agotador detallismo. Como el narrador de “El neón de siempre”, le parecía “torpe y trabajoso... transmitir hasta el menor aspecto”, por lo que su obra se hinchaba y forzaba sus límites prácticos. Un ensayo de 2001 en la revista Harper’s –sobre el abuso de la lengua inglesa en EE.UU.– llegaba a las 17.000 palabras y Rolling Stone le cortó la mitad de su épica nota sobre la campaña presidencial de McCain en el 2000. (La nota, incluida en Hablemos de langostas, apareció este año sola en el libro McCain’s Promise: Aboard de Straight Talk Express With John McCain and a Whole Bunch of Actual Reporters, Thinking About Hope). Infinite Jest tiene 1079 páginas y las últimas 96 tienen 388 notas al pie. Fue a la vez un espléndido, generoso chorro y un intento frenético de contener la inundación.


Claro que Wallace también se pavoneaba con su casi infinita erudición –¿había algo que no supiera, de tenis a terrorismo?– pero en un sentido de lo más humano: “Supongo que buena parte del sentido de la ficción seria –dijo en una entrevista en 1993– es darle al lector, que como todos nosotros está como naufragado en su cabeza, acceso imaginario a otras personas”. Los últimos trabajos de Wallace, en particular las historias en Extinción, eran más oscuras que Infinite Jest, su segunda novela, que pese a ser un libro acelerado tiene sus raíces en la angustia y el pánico. Su premisa central es que hay una película –que se llama, por supuesto, Infinite Jest– que es tan mortalmente entretenida que deja a sus espectadores catatónicos: literalmente se entretienen a muerte. La aceleración de la novela lleva a la histeria: son más de mil páginas de luchan entre el impulso ordenador del autor y el “amo terrible” de la conciencia descontrolada, sin límites, incallable. Wallace encontraba un valor artístico y moral en el simple registro de su angustia: “Dado que una parte ineludible del ser humano es sufrir, parte de lo que nos lleva al arte es la experiencia del sufrimiento, siempre un sufrimiento vicario... En el mundo real todos sufrimos a solas, la empatía de verdad es imposible. Pero si una pieza de ficción nos permite identificarnos con el sufrimiento de un personaje, podremos con más facilidad imaginar que otros se identifiquen con el nuestro. Esto alimenta, redime, nos deja menos solos en nuestro interior”. Wallace dijo una vez que el filósofo del lenguaje Ludwig Wittgenstein –uno de los pensadores más inquietantes que hayan existido– era un artista porque “se dio cuenta de que ninguna conclusión puede ser peor que el solipsismo”.
Sospecho que Wallace fue un genio que también fue un escritor más que un escritor que también fue un genio –como, por ejemplo, fue Hemingway–. Uno no puede imaginar a Hemingway escribiendo un ensayo titulado Todo y Más: Una Historia Compacta del Infinito (2004) o ganando un premio universitario con un ensayo sobre lógica nodal, sea lo que sea, o entrando a Harvard para un posgrado luego de publicar su primera novela, The Broom of the System en 1987 y con buenas reseñas, y todo esto después de obtener un primer título en artes en la universidad de Arizona. Wallace y Hemingway fueron ambos periodistas, pero el segundo era un observador y el primero un explorador. En sus piezas de no ficción Wallace se sumergió en los universos miniatura de los cruceros de placer, la Feria Rural de Iowa, la industria porno, el Abierto de Tenis y la Fiesta de la Langosta de Maine. Esa nota, “Hablemos de langostas”, le debe haber costado algunas canas a la editora de la revista Gourmet, Ruth Reichl: Wallace hablaba más que nada de la incómoda cuestión de “si es correcto hervir viva a una criatura consciente para lograr un cierto placer gustativo” dado que “las langostas pueden sufrir y preferirían no hacerlo”. Wallace dijo después que escribir una pieza así para un público gourmet fue “otra instancia de mi extraña autodestructividad”.


El escritor que también resulta un genio –el arquetipo es Shakespeare– está enamorado de sus palabras, su historia y su gente. Wallace, el arquetipo contrario, sabía mucho de palabras, de historias y personas, como cualquier escritor, pero guardaba su amor para las ideas sobre ellos. Si el analítico Hamlet hubiera sido un escritor, hubiera escrito más como Wallace que como Shakespeare. Hamlet dice que “podría estar encerrado en una nuez pero considerarme el rey de un espacio infinito, si no fuera porque tengo pesadillas”, una oración que Wallace hubiera adorado. La autorreferencia enciclopédica de Wallace hizo de su prosa, en los mejores momentos, una maravilla de la vida literaria, y en los peores algo casi ilegible. En su reciente libro Cómo funciona la ficción, el crítico James Wood le admite a Wallace la seriedad de su propósito: “Su ficción sigue una aguda discusión sobre la descomposición del lenguaje en América y no teme descomponer –y desarmar– su propio estilo para hacernos vivir con él esta América lingüística”. Pero, dice Wood, al mediar el lunfardo “barato, vulgar, aburrido” de nuestra época, la última prosa de Wallace a veces resulta indistinguible de lo que parodia. Hasta el mucho más amistoso crítico Wyatt Mason concluye, en su reseña de Extinción para la London Review of Books, que “Wallace tiene derecho a escribir un gran libro que sólo puede leer gente como él” pero “no sería la peor de las ideas que, la próxima vez, cuando la gran novela número tres caiga al mundo, resulte que va más profundo, busca más y encuentra una manera más generosa de hacerse oír”.


Nunca veremos esa tercera novela, por lo que tendremos que tomar la carrera de Wallace como lo que es hoy. ¿Alcanza? No. ¿Alcanzaría alguna vez? El buscó vaciar el infinito que contenía, una empresa heroica e imposible. “¿Qué si resulta que todos los infinitamente densos y cambiantes mundos que tenemos adentro en cada momento de nuestras vidas pueden de alguna manera ser abiertos después, después de que lo que uno concibe como uno se muere?”, dice el narrador de “El neón de siempre” en sus últimos momentos, “porque ¿qué si resulta que a partir de entonces cada momento es un mar infinito o un infinito pasaje del tiempo en el que expresarlo o transmitirlo...?”. Es la versión literaria del éxtasis beatífico, y suena a mucho trabajo. “El resto es silencio”, dice Hamlet al morir. Pero Wallace no era un quietista: al menos en su obra, nunca paró de pelearle al “amo terrible” en su propia cabeza. Hasta más allá de su vida, parece que encontraba al silencio inimaginable.

Radar Libros Pag 1/2
Domingo, 21 de Septiembre de 2008

De druidas,ritos y prehistoria




De druidas, ritos y prehistoria
Stonehenge, en el sudoeste de Gran Bretaña, encierra uno de los grandes misterios de la historia de Europa: el origen y la finalidad de un monumento megalítico construido hace cuatro mil años, en los albores de nuestra civilización.


Por Graciela Cutuli


Cuesta creer que en este mundo en constante cambio algo pueda estar fijo durante más de cuatro mil años. Sin embargo, en el sudoeste de Gran Bretaña está la prueba: un imponente monumento prehistórico, que encierra en su círculo de piedra más interrogantes que respuestas, vigila desde hace siglos, con la inmovilidad del mineral, el discurrir de la historia humana y sus pasiones. Si las piedras hablaran, contarían de aquellos hombres primitivos empeñados en quién sabe qué ritos; del trabajo minucioso del bronce y la piedra en manos de los primeros artistas; de una vida signada por el ritmo de las estaciones y las inclemencias del tiempo. Pero su silencio obliga a los arqueólogos a convertirse en detectives de la historia, a rastrear hasta las menores señales e indicios que puedan revelar algunos de los secretos de este monumento que hoy es un mudo testigo del pasado entre las rápidas autopistas que unen Londres con el sudoeste de Inglaterra. El contraste no deja de impactar: hacia un lado, el siglo XXI, los autos veloces, la vida urbana cada vez más sumergida en las redes de la realidad virtual. Del otro, el monumento circular que parece remitir al hombre a lo más esencial y oculto de su propia historia. Es Stonehenge, el cerco de piedra, un interrogante aún sin respuesta.


UNA LARGA HISTORIA




Las fotografías aéreas revelan que Stonehenge se levanta sobre un terreno triangular delimitado por dos autopistas, y también que es sólo el monumento principal de una zona rica en testimonios prehistóricos: en las colinas de los alrededores había numerosos túmulos funerarios, templos más pequeños y sitios ceremoniales siempre situados siguiendo los movimientos del sol, el gran regulador de la vida primitiva. Y aunque hoy parece haber atravesado los siglos impasible, el trabajo de los arqueólogos no sólo consiguió datarlo -–se cree que fue construido entre el 3000 y el 1600 a. C.– sino también seguir la evolución de su construcción y usos.
En un principio Stonehenge era sólo un recinto definido por un foso cavado en forma irregular, a fuerza de astas de ciervo utilizadas como palas. Dos eran las entradas, la principal hacia el nordeste y otra más pequeña hacia el sur: la primera, que se usó durante toda la “vida activa” de Stonehenge, estaba alineada con la salida del sol durante el solsticio de verano, y con la puesta de sol en el solsticio de invierno. En un principio, las estructuras del recinto no eran de piedra sino de madera: esta etapa, sin embargo, es de difícil estudio y seguimiento porque quedó prácticamente sepultada por la posterior colocación de las piedras. Piedras gigantes, imponentes, que hoy se ven apenas se cruza el túnel que pasa por debajo de la carretera para acceder al círculo y acercarse a pocos pasos de distancia del monumento: ¿cómo las movieron y trasladaron, con los escasos medios a disposición miles de años atrás? Cuidadosas reconstrucciones permiten imaginar que probablemente las piedras se hicieron deslizar con otras piedras sobre hoyos expresamente excavados, para luego empujarlas hasta la posición vertical. Más complicada todavía –digna solamente de un Obelix inglés– fue la colocación de los dinteles que todavía hoy coronan cinco de las estructuras del conjunto.


PIEDRAS Y DISTANCIAS




Sin embargo, ésta no es la única hazaña: rastreando el origen de las piedras –algunas de las cuales pesan más de 40 toneladas– se descubre que fueron trasladadas desde el sitio de Marborough Downs, más de 30 kilómetros al norte de Stonehenge. En un tiempo en que no existía la rueda... Eso no es todo: las piedras más pequeñas –“pequeñas” es un término relativo, si se piensa que algunas pesan hasta cinco toneladas–, conocidas como “piedras azules”, proceden del oeste de Gales: la distancia es de 240 kilómetros hacia el oeste. Se cree que tal vez un sitio de piedras que existía en Gales fue desmantelado para ser llevado y reconstruido en Stonehenge, pero en realidad es sólo una hipótesis entre las muchas que intentan explicar esta curiosidad. Como es una hipótesis que el traslado de las piedras se haya hecho gracias a una suerte de trineo de madera deslizado sobre rieles también de madera: un procedimiento que para las piedras más cercanas demoraba unas dos semanas, y que en el caso de las más lejanas se supone combinado con el traslado por vía fluvial y marítima.
Para el ojo inexperto, las piedras son todas iguales y su disposición algo caprichosa. Pero hay que acercarse con la mirada de un arqueólogo para ir descubriendo algunos detalles: por ejemplo, el grupo de megalitos conocido como las “Piedras de Estación”, que fueron cuatro y de las que hoy sobreviven dos, marca los vértices de un rectángulo perfecto cuyo centro se corresponde con el centro del monumento. Luego, cerca de una valla al borde del camino, se levanta la Piedra del Talón, junto a la ruta de la Avenida, como se llama a una serie de terraplenes y fosos que servían como vía ceremonial de aproximación a Stonehenge. Y finalmente, la Piedra del Sacrificio –que ahora quedó horizontal, pero antiguamente estaba en posición vertical– muestra una pigmentación roja por el óxido de hierro que aparece al acumularse agua de lluvia. No hizo falta más para atribuirle una macabra función sacrificial, que en verdad sólo fue fruto de la imaginación victoriana y la necesidad de rodear al sitio de un aire aún más marcado de leyenda.


UN SITIO, UNA MISION




El trabajo minucioso de los arqueólogos permitió reconstruir las distintas configuraciones de Stonehenge a lo largo de los siglos. Sin embargo, no hay reconstrucción que pueda precisar cuál fue exactamente la función de este monumento circular: la última versión, que data de esta semana, es de los arqueólogos británicos Timothy Darvill y Geoffrey Wainwright, según los cuales Stonehenge era una suerte de “Lourdes de la prehistoria”, un lugar de sagrado poder curativo al que acudían los enfermos y heridos en busca de ayuda. La teoría se reforzó durante las últimas excavaciones –las primeras realizadas en casi medio siglo–, que revelaron la presencia de sepulturas de personas muertas por enfermedad, con fragmentos de piedra azul que servían de talismán. Siglos atrás, prosperó otra teoría más romántica, que atribuía la construcción de Stonehenge a los druidas de la Edad de Hierro anteriores a la ocupación romana de Gran Bretaña. Esta asociación entre Stonehenge y los druidas se debe al estudioso William Stuckley, del siglo XVII, que reconoció al monumento como un templo, lo dató antes de la llegada de los romanos y lo imaginó habitado por druidas, aunque en verdad estos sacerdotes no aparecieron en la región hasta unos mil años después del abandono de Stonehenge.
Por otra parte, este monumento –que en los últimos años ganó enorme popularidad y ahora reúne cada comienzo del verano boreal a multitudes de turistas, cultores del new age y neohippies– no es el único relevante de esta parte de Gran Bretaña. En la cima de todas las colinas que pueden divisarse desde Stonehenge hay pequeños montículos de hierba, en algunos casos en el interior de campos abiertos y en otros sencillamente rodeados de árboles y cercos. Son túmulos redondos, erigidos para señalar la sepultura de algún personaje de elevada condición de la Edad de Bronce. Su sola ubicación, en lo alto, indicaba ya la riqueza y poder de la persona allí enterrada: y aunque hoy es difícil hacerse una idea de lo que fue miles de años atrás, lo cierto es que la zona en torno a Stonehenge -–actualmente alterada por rutas, automóviles y construcciones– contiene una de las mayores concentraciones de túmulos redondos de Gran Bretaña. Acompañando las sepulturas, se encontraron también numerosos objetos de cerámica, ámbar, bronce y oro, que hoy se ven en los museos de Wiltshire y Salisbury.


PIEDRAS Y LIQUENES


Los científicos han estudiado incluso los líquenes que cubren las distintas piedras de Stonehenge, dando a cada una de ellas una textura y un color característico. En 2003, una investigación reveló que había 77 especies diferentes de líquenes en las piedras de Stonehenge, algunos de ellos raros en todo el territorio británico: y aunque no se los puede fechar, ya que nuevos brotes reemplazan a los antiguos continuamente, sí se puede asegurar que hacen falta cientos de años para que se formen colonias como las que existen hoy. Su presencia suma un misterio biológico a los tantos que ofrece el monumento, ya que hay variedades que sólo crecen en zonas costeras desprotegidas, y los científicos no encontraron todavía una explicación convincente para su presencia en las piedras de Stonehenge.

Stonehenge - Si las piedras hablaran

Stonehenge - Si las piedras hablaran














En busca del significado de Stonehenge




Suele vislumbrarse por primera vez, avanzando a toda velocidad, desde la autopista A303 que casi atraviesa con descuido la entrada del monumento.


Stonehenge aparece como un grupo de protuberancias insignificantes sobre una gran planicie, por lo demás anodina; sin embargo, incluso desde esta posición profana y ventajosa, la amplia silueta es tan inequívocamente prehistórica que, por un momento, el efecto que produce es un salto en el tiempo.




De cerca, entre la confusión de rocas rotas y erguidas, parece de menor tamaño que su reputación, pese a la evidente proeza representada por el montaje de las famosas rocas de arenisca; la mayor pesa 50 toneladas.


Único en la actualidad, quizá Stonehenge fue único en su propia época, hace unos 400 500 años: un monumento de piedra que siguió como modelo a algunos precedentes fabricados en madera. En efecto, sus enormes dinteles están unidos a los montantes por medio de ensambladuras de espiga tomadas directamente del arte de la carpintería: indicio elocuente de cuán radicalmente novedoso debió haber sido este monumento híbrido. Las personas que construyeron Stonehenge habían descubierto algo desconocido hasta entonces, hallaron una verdad, hicieron un cambio, no hay duda de que las piedras colocadas con determinación están cargadas de significado.


¿Pero qué simbolizan en realidad?


Pese a incontables teorías propuestas con el paso de los siglos, nadie lo sabe.




Stonehenge es la reliquia más famosa de la prehistoria europea y uno de los monumentos más reconocidos y contemplados del mundo (no tenemos una idea clara para qué lo usaban en realidad las personas que lo construyeron).




En el pasado, los arqueólogos buscaron develar este enigma obteniendo todos los datos que podían de las piedras mismas, sometiendo a escrutinio sus contornos, sus marcas e incluso sus sombras. Sin embargo, desde hace poco las investigaciones han llevado a los estudiosos a ampliar sus miras, por una parte, lejos de Stonehenge mismo hacia los restos de un pueblo neolítico cercano, y, por la otra, a un escarpado pico montañoso situado al suroeste de Gales.


Aunque aún no ha aparecido ninguna respuesta definitiva, estas dos muy distintas búsquedas en curso han suscitado nuevas y seductoras posibilidades.




Stonehenge surgió de una rica tradición de estructuras igual de enigmáticas. Los henges (bancales circulares de tierra colocados en paralelo mediante un foso interno), los terraplenes y montículos de tierra, las estructuras circulares de madera, los monolitos y los círculos y herraduras de piedra fueron comunes a lo largo del Neolítico en la actual Gran Bretaña y en partes de la Europa continental. En distintas etapas de su evolución, Stonehenge reflejó muchas de estas tradiciones.


Lo más probable es que las primeras rocas estructurales de Stonehenge de las que se tiene certeza, las doleritas azuladas, que se transportaron por flotación, y luego fueron arrastradas y acarreadas desde Gales, llegaron al sitio en otra época antes del año 2 500 a. C. Siguieron las rocas areniscas gigantes, que llenan el monumento, el cual en algún momento se comunicaba con el río Avon por una avenida.


Por consiguiente, Stonehenge, es el punto culminante de una evolución dinámica; los terraplenes construidos rápidamente en las praderas, anteriores a la Edad de Piedra, quizá encerraban creencias distintas a las del monumento posterior de piedra al que se relacionaba estrechamente con el agua. No es fácil descifrar el plano original del monumento que se yergue junto a los círculos que se vinieron abajo. Resulta más sencillo imaginar las acciones que estaban detrás de ello: la planificación y la ingeniería; la diplomacia necesaria para negociar el transporte de las piedras por distintos territorios; las maniobras para suministrar la mano de obra; la habilidad para engatusar, inspirar u obligar a hombres sanos a abandonar sus animales, sus campos y sus tierras de caza, en suma, los muchos actos humanos necesarios que seguimos reconociendo, aunque sabemos poco sobre quiénes eran estos primeros britanos, cómo estaban organizados o qué lengua hablaban.




Sabemos que algunos eran campesinos y pastores, además de que desde hacía mucho habían comenzado la tarea de domesticar su paisaje, adentrándose en los antiguos bosques de abedules, pinos y avellanos. Los restos de esqueletos indican que, pese a una vida de desgaste físico, los habitantes de la Gran Bretaña neolítica tenían una complexión más ligera que la nuestra. La ausencia relativa de deterioro dental sugiere una dieta baja en carbohidratos, y aunque es difícil calcular la expectativa de vida, al parecer la generalidad de los pobladores disfrutó de buena salud. Entonces, como ahora, la vida suponía peligros inesperados. “Entre 5 y 6 por ciento de estas poblaciones mostraba grandes traumatismos contundentes en el cráneo –según Michael Wysocki, profesor titular en ciencia forense e investigación de la Universidad Central de Lancashire–. Este también era el caso entre hombres y mujeres”.




Recientemente, los descubrimientos espectaculares y del todo azarosos suministraron perfiles biográficos de algunos hombres de aquella época. En 2002, unos arqueólogos que trabajaban en Boscombe Down, en la ribera este del Avon, a cuatro kilómetros al sureste de Stonehenge, desenterraron dos sepulturas que datan de entre 2500 y 2300 a. C. Estas contenían los restos de un hombre entre 35 y 45 años de edad cuya pierna había sido gravemente dañada (habría renqueado espantosamente) y un pariente más joven, quizá su hijo. La tumba del hombre mayor contenía los bienes funerarios más ricos de la era hallados en la Gran Bretaña: joyas de oro para el cabello, cuchillos de cobre, instrumentos de pedernal, dos muñequeras de arquero en roca pulida, una “piedra yunque” para labrar metales, así como piezas de cerámica del estilo del “vaso campaniforme” común en esa época en la Europa continental pero no en la Gran Bretaña. El análisis químico del esmalte de los dientes de los dos hombres tuvo resultados sorprendentes: el joven era de la región local de piedra caliza de Wessex; el mayor, apodado el “Arquero de Amesbury,” provenía de las estribaciones de los Alpes, de la región de las actuales Suiza y Alemania.




El hecho innegable sugiere un relato romántico. Al migrar desde Europa continental, llevando consigo su cerámica avanzada y su destreza en metalistería, el Arquero había prosperado en Wessex, acumulando riqueza y prestigio considerables, además de hacerse de una familia.




Apenas un año después del descubrimiento del Arquero y su acompañante y a menos de medio kilómetro de distancia, unos albañiles que colocaban tuberías se tropezaron con otra tumba más o menos del mismo período, esta contenía los restos de siete personas, de las cuales por lo menos cuatro eran varones, al parecer también emparentados y, como el Arquero, no eran autóctonos de la zona. El análisis de los premolares y los molares de los tres adultos reveló, según Fitzpatrick, “que estuvieron en un lugar hasta los seis años de edad y en otro hasta los trece”. Entre los posibles lugares donde pudieron haber pasado la infancia están el noroeste de la Gran Bretaña, Gales o Bretaña. “La cuestión principal no es de dónde vinieron –recalcó Fitzpatrick–, sino que las personas de esos tiempos viajaban. Este es el mejor ejemplo de la migración prehistórica en Europa encontrado a la fecha”.




Aunque no resulta descabellado conjeturar que estos inmigrantes vieron Stonehenge (quizá incluso ayudaron a construirlo), se han desenterrado nuevas y notables pruebas sobre la comunidad que seguramente lo utilizó. Desde 2003, el Proyecto de la Ribera de Stonehenge, encabezado por Mike Parker Pearson, de la Universidad de Sheffield, y otros cinco directores de grupo, apoyado por la Sociedad National Geographic, ha realizado una serie de excavaciones del paisaje más amplio de Stonehenge, centrándose en un enorme henge, de unos 450 metros de diámetro, conocido como Durrington Walls. Situado a casi tres kilómetros al noreste de Stonehenge, Durrington se conocía desde 1812 y fue excavado en los sesenta del siglo XX. En el interior y alrededor del henge gigante había tres estructuras circulares de madera cuyas huellas sobreviven en los rastros de sus hoyos para postes. Dos círculos, uno al norte y otro al sur, se hallaban dentro del henge mismo, mientras que un monumento posterior, conocido como Woodhenge, se hallaba justo fuera.




Hay pruebas que sugieren que los círculos de madera eran lugares reservados cuyo interior estaba oculto por biombos y agrupaciones de postes”, menciona Alex Gibson, especialista en círculos de madera, de la Universidad de Bradford. Hace poco, dentro de los bancales del henge, el Proyecto de la Ribera desenterró dos estructuras elevadas que se distinguen por acequias y palizadas, quizá las residencias de funcionarios de la elite que dominaban el círculo, o incluso casas de culto. Fuera del henge y bajo el terraplén, el proyecto excavó un grupo de siete casas pequeñas. Fechadas provisionalmente entre 2600 y 2 500 a.C., abarcan una avenida de 30 metros de ancho enlosada con roca caliza que llega hasta el Avon. Dentro del dibujo de los cimientos de una de las casas, Mike Parker Pearson señaló los detalles domésticos, como una chimenea oval en medio del suelo. “Estas son marcas de talones, o quizá de nalgas”, afirmó, poniéndose en cuclillas al lado de las hendiduras en el piso de yeso. Los restos del sector para cocinar estaban a un lado. Cinco de las casas muestran vestigios de muebles. Excavaciones de prueba y levantamientos geofísicos han detectado en el valle una multitud de otras posibles chimeneas. “Puede haber hasta 300 casas”, afirma, lo que lo convierte en el mayor asentamiento neolítico hallado en Gran Bretaña.




Con base en su experiencia de campo adquirida en Madagascar, Parker Pearson defiende una audaz interpretación sobre el sitio y, con ella, la “respuesta” a Stonehenge. En la cultura malgache, los antepasados son reverenciados con monumentos de piedra que significan el endurecimiento de los cuerpos hasta el hueso y la duradera conmemoración de la muerte; la madera, en contraste, que se descompone, se asocia con la vida pasajera.




La piedra es ancestral y masculina, mientras que la madera es, en palabras de Parker Pearson, “suave y blanda, como las mujeres y los bebés”.




Orientado por este modelo, Parker Pearson observa sugerentes asociaciones entre Durrington Walls, con sus distintivas estructuras de madera, y el sólido carácter monumental de Stonehenge. Durrington tiene un sendero que conduce hacia el Avon que podría ser una avenida ceremonial, mide poco más de 167 metros de longitud, mientras que el de Stonehenge recorre casi tres kilómetros, y su carácter procesional queda definido por las acequias y bancales que la flanquean. Para Parker Pearson, los contrastes son igual de sugerentes. Stonehenge está alineado sobre ambos ejes del amanecer durante el solsticio de verano y del ocaso en el solsticio de invierno, mientras que el Círculo meridional de Durrington Walls recibe el amanecer del solsticio de invierno. Las abundantes piezas de cerámica y los restos de osamentas de animales, en especial de cerdos, sugieren que Durrington Walls fue testigo de muchos banquetes, en tanto que en Stonehenge se han encontrado pocas de estas. En Durrington casi no se han hallado restos humanos, pero se han descubierto 52 cremaciones y otros muchos entierros en Stonehenge, que podría contener hasta 240: el mayor cementerio neolítico en Inglaterra. Durrington, según esta nueva teoría, representa el dominio de los vivos y Stonehenge el de los antepasados muertos, ambos sitios vinculados por procesiones estacionales que seguían un trayecto formado por las avenidas y el río. Las cenizas de casi todos los muertos se habrían confiado al río. Otros restos cremados, quizás de la elite de la sociedad, se depositaban ceremoniosamente en Stonehenge mismo.




“Muchos especialistas aceptan la teoría de los vivos y los muertos de una manera muy laxa”, afirma Mike Pitts, editor de la revista British Archaeology.




Son los detalles de la nueva teoría los que resultan problemáticos. El supuesto ha sido siempre que los restos de entierros en Stonehenge fueron comunes sólo durante el período de los terraplenes y estructuras de madera anteriores a la Edad de Piedra, aunque Parker Pearson cree ahora que continuaron hasta el período de las piedras. Sin embargo, los datos ambientales del paisaje inmediato alrededor de Stonehenge indican la presencia de actividades vitales usuales, como el pastoreo de animales y la agricultura, que no parecen compatibles con un mayor dominio ritualizado de los muertos. Además, no hay acuerdo sobre la fecha de la llegada de las rocas de arenisca. De modo parecido, la fecha de la avenida que conduce desde Stonehenge al Avon, el nexo necesario entre ambos sitios arqueológicos, debe resolverse con más datos. Llenar estos huecos es crucial si se quiere establecer cualquier correlación válida de actividades entre los dos. En suma, Pitts comentó sobre la teoría de Parker Pearson: “El valor de su interpretación está no sólo en la idea de relacionar las piedras con los antepasados, sino que funciona con todo el paisaje. Las explicaciones anteriores han considerado a los sitios arqueológicos independientes por separado”.




Paradójicamente, un acercamiento más directo al corazón de Stonehenge podría hallarse en el trabajo de campo lejos de su propio paisaje, a kilómetros de distancia en un pequeño yacimiento en medio de convulsionados y fracturados afloramientos de dolerita y esquisto en las montañas Preseli del sur de Gales, fuente de las rocas más antiguas de Stonehenge, las legendarias doleritas azuladas. El montaje de las doleritas azuladas marcó una transición crucial de los emplazamientos de madera hacia el monumento que tenemos hoy en día. “Espolvoreadas de magia”, fue como un arqueólogo me describió las famosas colinas brumosas, en una región conocida desde hace mucho tiempo por sus enigmáticos círculos de piedra, dólmenes y otros monumentos megalíticos. Ya en 1923, afloramientos específicos alrededor de Carn Menyn, en el extremo oriental de las montañas Preseli, habían sido identificados como la fuente de la dolerita azulada; una labor geoquímica posterior llevada a cabo en 1991 refinó esto a aproximadamente a 2.5 kilómetros cuadrados. Con todo, durante más de 80 años después del descubrimiento de la fuente de la dolerita azulada, “nadie en realidad sacó la pala para hacer algo –a decir de Timothy Darvill, profesor de arqueología de la Universidad de Bournemouth–. Verdaderamente, resulta perverso”. Junto con Geoffrey Wainwright, distinguida autoridad en el Neolítico y el excavador original de Durrington Walls en los sesenta, Darvill comenzó una investigación sistemática en los alrededores de Carn Menyn en 2001, acompañado por un pequeño grupo de investigadores de la Universidad de Bournemouth, que incluía a Yvette Staelens, profesora titular. “Es un lugar donde suceden cosas extrañas –afirma Staelens acerca de las colinas. Mencionó cómo en una ocasión alcanzó la cumbre de un afloramiento vertical de roca y halló un zorro incrustado en una roca–. Se derramaban tripas y sangre, creemos que una gran ave lo dejó caer.




Cosas así de raras”. “Es un monumento natural –dice Wainwright sobre las caóticas formaciones rocosas de columnas y pilares desparramados en el suelo–. Las piedras no fueron extraídas de una cantera; sólo había que llevárselas”. Con una altura de hasta 1.8 metros y cuatro toneladas de peso, los casi 80 bloques originales (no queda claro el número exacto localizado anteriormente en Stonehenge) son sobre todo dolerita manchada de feldespato de color blanco lechoso. Recién cortadas y mojadas por la lluvia, producen efectivamente un brillo azul. Pese a todo, estas no son las únicas piedras sorprendentes en las Islas Británicas. “¿Por qué fueron transportadas las piedras 400 kilómetros para construir Stonehenge? –pregunta Wainwright–. ¿Y por qué las conservaron a lo largo de su historia estructural”.




Hasta ahora, las montañas Preseli no han brindado una respuesta, pero sí ofrecen algunas pistas. Según recuerda Staelens, el primer día que Wainwright y Darvill comenzaron la medición del terreno, Wainwright posó su mano sobre una roca. “Y en esta había arte rupestre. El par tuvo una actitud muy de académico flemático con respecto al descubrimiento. Geoff dijo: ‘Mira esto, Tim’. Tim respondió, ‘Parece importante, Geoff’. Se quedaron de pie en el lugar, con la característica flema británica”.




El puñado de ejemplos del arte de “cazoletas” –cuya característica son los huecos circulares dentro de otros huecos– que descubrieron finalmente podía fecharse sólo de manera general entre 3800 y 2000 a. C. “No conseguimos nada que pudiéramos fechar con certeza”, dijo Darvill.




No obstante, se sabe lo siguiente: quizá ya en 4000 a. C., los pobladores construían monumentos en esta zona atmosférica donde las cimas rocosas parecen atravesar el cielo y conmemoraban el sitio con motivos asociados en otras partes con yacimientos “especiales”. “En el Neolítico los habitantes van a las montañas Preseli a venerarlas”, fue como lo describió un arqueólogo.




Se ignora si las rocas fueron movidas a la Llanura de Salisbury en una sola campaña sostenida o en una actividad continua durante una generación o más. De igual modo, a través de los años se ha debatido acaloradamente cómo se transportaron las rocas.




Esa es una cuestión de mano de obra –afirmó Wainwright, disfrutando al expresar su parlamento bien ensayado–, y yo no soy ingeniero”.




Aunque quizá los sedimentos glaciares aflojaron las rocas de las colinas, los estudios contemporáneos han descartado una antigua teoría de que los glaciares las arrastraron hasta la Llanura de Salisbury; los pobladores debieron trasladarlas de algún modo. Lo que se acepta como la ruta más corta (por el río a lo largo de la costa de Gales, a través del estuario Severn, hasta la cuenca alta del Avon) mide unos 400 kilómetros. Es imposible juzgar lo notable que fue en su momento esa hazaña de transporte. Como lo señala Darvill, en la Europa continental se arrastraban piedras aún más grandes. “El argumento esgrimido sobre el ‘inexplicable esfuerzo’ recibe cada vez más ataques –menciona Darvill–. El Gran Menhir de Bretaña pesa alrededor de 340 toneladas y fue movido por lo menos unas cuantas millas”.




Los arqueólogos sólo pueden conjeturar sobre el significado de las doleritas azuladas. Quizá Carn Menyn haya sido un hito cargado de un significado especial en una ruta terrestre fundamental para el comercio o los viajes. Algunos afirman que la disposición de los tipos de piedras ígneas (dolerita, riolita y toba) en Stonehenge refleja su disposición natural en Carn Menyn. De nuevo, quizá el esfuerzo mismo de transportar las piedras o su exótica naturaleza eran el objetivo, una especie de declaración de capacidad y de poder.




Darvill y Wainwright opinan que la respuesta se halla en una antigua tradición. En el siglo xii de nuestra era, Godofredo de Monmouth, en su anecdótico y divagante deambular por la historia de los reyes de la Gran Bretaña, dio una versión fantástica de cómo Stonehenge fue transportado totalmente (por órdenes del mismísimo Merlín, ni más ni menos) desde Irlanda hasta la Llanura de Salisbury, donde se colocó para ser un lugar de curación. El relato podría representar retazos de recuerdos tradicionales, tergiversados por una añeja tradición oral, en este caso de 3 o 600 años de antigüedad; después de todo, las piedras de Stonehenge fueron transportadas desde un lugar remoto situado al occidente, al parecer por medios mágicos. Redondea este relato una añeja creencia local, muy arraigada incluso en la actualidad, que atribuye poderes curativos a los manantiales que surgen de las montañas Preseli. La suma de estas dos tradiciones propone a Stonehenge como una especie de Lourdes del mundo prehistórico. “Bueno, es posible”, dijo un experto al mencionar esta teoría de la curación. Otros son más escépticos: “Bochornosamente extraña”, fue la displicente frase que escuché. Hasta que no se hallen nuevas pruebas, entonces, el rastro vuelve a donde comenzó, con sólo los hechos innegables más básicos: los habitantes encontraron algo especial en las montañas Preseli y transportaron esto al sur de Inglaterra.




En la época en la que las doleritas azuladas llegaron a la actual Llanura de Salisbury, el bosque de edad madura había sido talado y se había convertido desde hacía siglos en una pradera abierta. Si las hubieran llevado por el río, las piedras habrían sido arrastradas desde los bancos del Avon bordeados por sauces y juncos hasta el sitio. Salpicadas en forma decorativa, acanaladas y pulidas, las piedras se montaron en pares para formar un doble arco y quizá también sostenidos por dinteles que después se desprendieron.




Los antiguos terraplenes habían sido transformados para realzar la entrada noreste, confirmando así la importancia de la alineación del monumento con los solsticios, presunción que reflejaba quizá creencias acerca del significado de las rocas en el lugar que ocupaban en Preseli, o quizá nuevas ideas sobre una época cambiante. En alguna fecha posterior, las rocas gigantes de arenisca dura fueron arrastradas desde Marlborough Downs, situado entre 35 y 45 kilómetros de distancia. Aunque en épocas posteriores se modificó un poco el diseño interior, el montaje de las rocas de arenisca (enormes guardianas de anchas espaldas que protegían las piedras más pequeñas provenientes de Gales) dotó a Stonehenge de su aura perdurable de seguridad inexpugnable. Por desconcertante que parezca, no cabe duda de la confiada eficacia de sus imponentes características monumentales. Los estudios realizados por Michael Allen, experto en arqueología ambiental, demuestran que durante el largo período de la construcción de Stonehenge, los habitantes de la zona continuaron llevando a cabo las tareas mundanas de su vida. Restos de carbón vegetal, polen de malas hierbas asociadas con los cultivos y, lo más valioso, conchas de caracol (que pueden relacionarse con distintos hábitats) muestran que el paisaje de Stonehenge fue talado, rozado y cultivado. Sea cual haya sido su función, estaba arraigado en la comunidad a la que servía. “Yo lo veo utilizado como una catedral, o como el Estadio de Wembley –manifiesta Allen–. Los arqueólogos esperan excavar en Stonehenge por primera vez en un cuarto de siglo, en busca de restos que podrían corregir la hasta hoy poco satisfactoria datación del sitio. La obra prevista para la avenida podría revelar cuándo se extendió hacia el Avon, para aclarar en qué etapa el río se vinculó al monumento de manera ritual. Los restos de cremaciones que fueron excavados y vueltos a enterrar en 1935 podrían beneficiarse de nuevos análisis rigurosos con técnicas actualizadas. Del lado galés del relato, Wainwright y Darvill esperan determinar cuándo llegaron las doleritas azuladas. La labor que se realiza en las montañas Preseli quizá también revele hallazgos de enterramientos que podrían ser fechados, lo cual arrojaría luz sobre la importancia de las piedras de Preseli. Un nuevo estudio de los restos óseos exhumados de la zona de Stonehenge indicaría si un porcentaje elevado de la población tenía necesidad de “curarse”.




No hay textos que expliquen el propósito de Stonehenge. Seguro en su prehistoria sin palabras, puede así absorber una multitud de “significados”: templo del Sol, o de la Luna –para el caso es lo mismo–; calendario astronómico; ciudad de los antepasados muertos; centro de curación; representación lítica de los dioses; símbolo de condición social y de poder.




Stonehenge representó el final de una gran tradición de construcción de monumentos en la Inglaterra neolítica. Cayó en desuso cerca del año 1500 a. C. y, con el paso de los siglos, muchas de sus piedras se vinieron abajo, se quebraron o fueron sustraídas, bajas causadas por la naturaleza y por el hombre. A veces se presentaban informes sobre las enigmáticas ruinas. Un historiador griego del siglo I a. C., Diodoro Sículo, cita un testimonio perdido escrito tres siglos antes, que describía “un magnífico centro consagrado a Apolo y un notable templo esférico” situado en una gran isla al extremo norte, del otro lado de la actual Francia (curiosamente, Apolo es el dios de la curación). En la historiografía más reciente, Samuel Pepys, el gran diarista, visitó las piedras en el verano de 1668, para lo cual alquiló caballos y contrató los servicios de un guía para que lo condujera por la llanura. Su descripción sigue resonando en la actualidad. Las rocas, escribió, eran “…tan prodigiosas como los relatos que había escuchado al respecto y valió la pena hacer este viaje para verlas. Dios sabe cuál era el uso que se les daba”.

Nace el sida


Dar la cara

No estaba programado para héroe, bastante le había costado ser el prototipo de la masculinidad for export. Cuando en 1985, muy poco antes de morir, Rock Hudson anunció al mundo que tenía sida, le puso rostro a una enfermedad que hasta el momento no tenía nombre y dejó abiertas las puertas de un gigantesco closet. Guste o no, existe un antes y un después de Rock.

El triángulo de la felicidad: Doris, Rock y Linda

Ser feliz en los ’60 era parecerse a ellos. Ni liberados, ni militantes, ni existenciales: felices. Doris Day y Rock Hudson fraguaron un molde cómico y romántico de pareja, con el codo apoyado en la revolución sexual y el resto del cuerpo en la moral puritana. Rock y Doris: células de la célula de la sociedad, dupla picante, pero sana. Ella, rubia y cantarina; él, apuesto, varonil, muy varonil, metro noventa, voz ronca, irresistible, ocho años consecutivos (entre 1957 y 1964) figurando en el top ten de las estrellas más amadas. Pero no hay molde que haya durado mucho en el siglo XX. Así es que en los ’80 la diversión de la familia se volvió camp. Si se busca una serie con estética gay furiosa, allí está Dinastía: con los vestidos más brillosos y ridículos que jamás se hayan visto en televisión, un elenco plagado de divas furiosas (no olvidar que Linda Evans, la buena, casi mata en serio a Joan Collins, la malísima, de un empujón demasiado verídico), maridos elegantes y hasta un hijo gay, Steven, dolor de cabeza del padre (John Forsythe) y regalón de la mamá (Collins), que como toda diva que se precie apañó al nene cuando éste dejó a su pérfida esposa por el atractivo Luke y disfrutó cuando ambos se dieron el escandaloso beso en la pantalla familiar. Pero no hay éxito que dure tanto y así fue que los empetrolados Carrington, luego de cuatro años de fidelidad, necesitaron calentar la pantalla con otro beso.

Hora de que vuelva Rock a escena. Sólo un auténtico macho, derroche de testosterona en la sonrisa y en esa espalda de cargador de pianos tan peinado podía poner un poco de orden en esta caja de locas y de paso hacer tambalear a la secretaria joven devenida Sra. Carrington. El objetivo de Rock (Daniel Reece): venir, besar, vencer. Romper la farsa, patear el tablero. Ni él mismo, ni los productores, ni el público, ni la pobre Linda Evans tenían idea de hasta qué punto iba a cumplir con lo que le estaban pidiendo.

El beso de la muerte

Dejó todo con tal de estar allí. Y todo, en ese momento, era un costosísimo protocolo que bajo la tutela del doctor Dominique Dormont le administraban con bastante éxito en París. Experimentaban con una nueva droga (HPA-23) contra el “cáncer rosa” que le habían diagnosticado hacía más de un año. El mismo cirujano que en 1981 lo convenció de hacerse su primera estética le había ordenado una biopsia por esa mancha roja en el cuello. La encargada de darle el resultado lo llamó por teléfono a su mansión, “El Castillo”, y le preguntó si estaba sentado. Después, recordaría Hudson en las memorias que dictó a Sara Davidson, la voz siguió así: “Será mejor que se siente, es un sarcoma de Kaposi. Tiene el síndrome de inmunodeficiencia adquirida”. Cuando consultó a otro médico sobre si la enfermedad era terminal, recibió un parlamento de película mala: “Si yo fuera usted, ya mismo estaría poniendo mis asuntos en orden”. Cuando llegó la propuesta de participar en unos capítulos de Dinastía, Hudson estaba en el inicio de ese tratamiento, sin que nadie más que tres amigos muy íntimos lo supieran. Le ofrecían 2 millones y medio de dólares que no iba a poder gastar. Era la oportunidad de despedirse de su público, amas de casa desesperadas por él, y provocarles, como antaño, el deseo imposible, el suspiro ardiente. Dejó todo y voló hacia los sets de Los Angeles.
La escena del beso llegó en marzo de 1985: Krystle Carrington, que viene resistiendo al acoso del galán en sucesivos capítulos, se cae del caballo, está más vulnerable que nunca. Daniel Reece intenta ayudarla, se agacha y ahí, tan cerca los labios, se funden en un apasionado beso que los hace rodar por el piso como dos bestias en celo.


¡Corten!

Ni Linda ni el director podían creer lo que estaba pasando: el plato fuerte de la temporada, por culpa de Rock, se convertía en un trámite anodino, beso casi casto que en nada se parecía a los que había dado en sus tiempos mozos, incluida la misma Linda. La escena se repitió una vez más, pero no hubo caso. Cuando apenas unos meses más tarde, el 25 de julio de 1985, desde París, se transmitía al mundo el anuncio oficial en la voz de su publicista Yanou Collart: “El señor Rock Hudson tiene el síndrome de inmunodeficiencia adquirida, que le fue diagnosticado hace más de un año en los Estados Unidos”, este beso mezquino cobró sentido.

Nace el sida

Fue el primer indicio de hasta qué punto la llegada del sida iba a modificar las relaciones sexuales, amorosas, entre colegas, entre Estado y ciudadanía, y más. Linda Evans sintió, al menos hasta que tuvo los resultados de los análisis, el fuego del infierno, y no lo pudo disimular. ¿La había besado sabiendo que estaba enfermo? Había que hacerle juicio, había que matarlo. ¿Cómo? Ya estaba muerto. Se forjaba aquí la silueta del “sidoso” vengativo capaz de recurrir a los métodos más bizarros, como dejar agujas en teléfonos públicos o eyacular en ensaladas con tal de contagiar, y de quien había que cuidarse escondiendo los cepillos de dientes que hubiera en el baño. Rock había preguntado a sus médicos antes de hacer la escena y le habían dado permiso para besar. Extremó los cuidados, casi no abrió la boca. También nacía el mito de que todo contacto contagia, la saliva, el aliento, la caricia, la proximidad en el trabajo.

El beso de la infidelidad recorrió el mundo y fue repetido por TV con la misma obsesión que el primer paso del hombre en la Luna. No era para menos. Registro único del instante en que un hombre, no cualquiera sino el paladín de la heterosexualidad se transformaba en gay, así, homosexual como era, besaba a una mujer (¡a la Sra. Carrington!) y con esto le pasaba la posta rosa al hemisferio hétero que había mirado para otro lado mientras un mal sin nombre liquidaba pervertidos.

El actor, que declaró alguna vez “siempre he querido mantener mi intimidad. Nunca quise escribir un libro, ni permití que tomaran fotografías de mi casa y nunca he dejado que el público sepa lo que pienso”, salió del closet en un tiempo en que ni siquiera había closet, tuvo sida cuando sólo había sarcoma de Kaposi y, por más que mucho en esto haya actuado la casualidad, hizo avanzar años luz el trabajo de la militancia. El público, más allá de lo que quisiera hacer o pensar, reaccionó. Para bien y para mal. Como señala Carlos Monsiváis: “El prejuicio domina la primera etapa, enloquece a muchísimos enfermos y enferma la información. Durante sus ocho penosos años, el gobierno de Ronald Reagan hace lo imposible por no entender y por no actuar. Ya es una gran hazaña de Reagan llamar por teléfono a su gran amigo Rock Hudson y hasta allí le alcanza su apertura de criterio (supongo que el teléfono se desinfectó antes y después). Se extiende en los medios la descripción del sida como enfermedad moral. Como operación de asepsia, se enfrenta la pandemia con estadísticas, técnica aún ahora prevaleciente. Mientras tanto, como señalaba entonces Bruce Decaer, el responsable del área de salud de California, “entre que anunció su enfermedad y el día en que murió, en tres meses se recaudó más dinero para luchar contra el sida que en los anteriores tres años”. El día en que una víctima famosa “le ponía una cara al sida”, el Parlamento americano destinaba 189,7 millones de dólares para buscar un remedio. Rock dejaba para la causa gran parte de su herencia, incluidos los derechos de la autobiografía que jamás habría querido escribir. En el lecho de muerte, Elizabeth Taylor construía la columna celebrity de esta nueva cruzada, enunciando un epitafio que no por obvio dejó de ser mantra: “Que la muerte de Rock no haya sido en vano”.
El cholulismo, gran catalizador, consiguió inspirar más compasión que condena. Uno de los nuestros tiene sida. Uno de los nuestros es gay. ¿Dos enunciados falsos? Dos sensaciones térmicas que se instalaron bien en el fondo de los corazones criados a imagen y semejanza de Doris y Rock. Pocos días después del anuncio se organizó en Los Angeles una gala de honor para recaudar fondos: en una noche juntaron más de un millón de dólares con la venta de entradas; Hudson no pudo asistir, pero envió un telegrama que leyó Burt Lancaster: “No me alegra tener sida, pero si esto puede ayudar a otros, al menos mi desgracia tendrá algo bueno”.

¿A quién no le gusta ese closet?

Primero dijo que estaba a dieta, luego que estaba haciendo mucho ejercicio. Más tarde, que sufría de anorexia. Según Yanou Collart, “lo más duro que me tocó hacer en mi vida fue entrar a su habitación y leerle el comunicado para la prensa. Nunca voy a olvidarme de su cara. Cómo explicarlo... Muy poca gente sabía que él era gay. En sus ojos se leía que estaba destruyendo su propia imagen. Cuando terminé de leérselo, sólo dijo: ‘Está bien, tírenselo a los perros, es lo que hay que hacer’”. Aun así, más tarde quiso instalar la idea de que se había contagiado por una transfusión de sangre. No quería hacer lo que estaba haciendo. No tenía atrás una historia militante sino una carrera basada en la ficción. ¿Tantos besos mentidos para nada? ¿Quién querría?
Antes de la oferta de Dinastía le habían ofrecido el papel de Gene Barry en La jaula de las locas. Dijo que no. Jamás representó el rol de homosexual, ni en cine, ni en televisión. Sólo con sus amigos, en su castillo, en bambalinas, con amigas, cuando salía por las calles sin el menor disimulo a buscar chongos. Vivió en una época en que Hollywood respetaba la intimidad que pudiera hacer perder el negocio. Su secretario recuerda que, cuando le dieron el diagnóstico, le dijo: “Espero morirme de un infarto antes de que la gente se entere de esto”.
Muchas enamoradas habrían aceptado la hipótesis de la transfusión. Tal vez en los ’60, antes de Stonewall, habría sido posible seguir con la farsa; ahora ya era tarde. Al día siguiente del anuncio, el escritor, activista por los derechos de los gays y ex amante ocasional, Armistead Maupin, publicaba en su columna del diario Chronicle de San Francisco, intimidades y escenas sexuales de Rock con lujo de detalles mientras acotaba, como reproche y justificación, que “nunca me pareció interesado por el tema de los derechos de los gays”, y le rendía un homenaje confesando que su corta relación con el actor había servido para reconciliarse con su mamá: “Le conté a mi madre que estaba saliendo con Rock; si eso no me redimía, nada lo haría”.
Rock Hudson vivió en un closet de lujo desde que empezó a triunfar en Hollywood. Todos los hombres que se le antojaron pasaron por su cama. Fiestas faraónicas en “El Castillo”, corridas nocturnas y un aparato de prensa cuidadoso sirvieron para mantener oculta la doble vida. Un novio de años, los secretarios personales, los amantes golondrina, las estrellas, la exótica presencia del jardinero japonés y la piscina, el baño turco, el gimnasio, varios cocineros, el mayordomo que se paseaba en toallita cargando a la perrita Zil Tsu armaron una fiesta secreta. De haberlo sabido, qué alivio habrían tenido tantos hombres heterosexuales que trataban de imitarlo en vano. Cuánto se habrían preguntado las mujeres acerca de sus gustos y la masculinidad. El súmum de lo varonil estaba construido a fuerza de golpes y make up por un agente que se había acostado con él. Cada desastre matrimonial de Hollywood era cargado a su cuenta y cuando la verdad estuvo a punto de destaparse, le arreglaron un casamiento con una ingenua secretaria que, al mejor estilo Lady Di, creyó que tendría el amor del príncipe. “Acá hay muchos rumores —le dijo Hudson en la primera salida—. No vayas a creer jamás ninguno.” Phyllis Gates, la secretaria y esposa, tardó 3 años en pedir el divorcio y hubo que pagarle una indemnización de por vida para que no hablara, aunque no faltaron las lenguas del show business susurrando que ella era lesbiana y que el matrimonio había sido un arreglo desde el principio. De cualquier modo, en 1989, Phyllis se hizo unos pesitos más publicando Mi vida con Rock, donde explica todo lo que Rock no era.

La traición del final

Si algo faltaba para que su historia se consagrara como abecé de los tiempos del closet más cerrado, era la traición de algún oportunista. Marc Christian, un amante mucho más joven, fue quien terminó de sacar a la luz todas las intimidades a la escena más patéticamente mediática. El joven había llegado a su mansión promediando la década del ’70, cuando un cincuentón Rock Hudson comenzaba a ver su declive.
Frente al entrevistador estrella Larry King, Marc Christian contó que estaba en el living de la casa de Rock cuando escuchó en la tele que la secretaria francesa de su amante anunciaba que tenía sida y que lo habían diagnosticado un año atrás. Apenas Rock volvió de París, el entonces treintañero le preguntó por qué no se lo había dicho antes: “Cuando tenés una enfermedad como ésta, estás solo”, le contestó el actor. Marc no se dejó conmover. Esperó sigilosamente su muerte y también la apertura del testamento. Cuando vio que no había nada para él y sí para dos íntimos amigos, George Nader y Mark Miller, que lo habían acompañado durante 35 años, hizo desenterrar el cadáver.

En un primer juicio celebrado en 1989, el amante del actor obtuvo inicialmente 21,75 millones de dólares por daños y perjuicios, pero el tribunal de Casación redujo la cantidad a 5,5 millones. El tenaz demandante no se dio por satisfecho con esta cantidad, y en un segundo juicio logró que se admitiera la zozobra psicológica sufrida ante la perspectiva de “una muerte lenta e inexorable”. Un fallo eminentemente moral, sobre todo si se tiene en cuenta que los sucesivos test de VIH de Marc habían dado negativo al menos hasta cinco años después de la muerte del actor.
Rock Hudson sabía que esto iba a pasar, que su intimidad sería ventilada de alguna manera y es probable que eso lo empujara a decir la verdad públicamente, poniendo su cara y su historia a una enfermedad que marcaría el fin de siglo.
Luego decidió morir en su ley, en “El Castillo”. Por eso, 4 días antes abandonó Francia y el tratamiento que le habían propuesto pesando menos de la mitad de los 90 kilos que le habían dado la gloria. Contrató un Jet 747 para volver a Beverly Hills. Le costó 300 mil dólares. “Es el mismo presupuesto que me dan a mí para cuatro años de investigación”, comentó entonces el Dr. Dormont, mientras despedía a su paciente —su fracaso— más famoso. De todos modos, la brutal salida del closet del macho prototípico norteamericano cambió la historia del sida y obligó a buena parte del star system a comprometerse con una campaña que todavía no ha terminado.
Esculpiendo la “rocka”

No se llamaba Rock Hudson.


Cuando nació en Minnesota en 1925 le pusieron Roy Harold Scherer Jr, pero cuando su padre lo abandonó y su madre se casó de nuevo, pasó a llamarse Roy Fitzgerald. No siguió estudios académicos. Cuando intentó estudiar teatro, lo rechazaron por duro. Los 90 kilos y el metro noventa de altura lo habilitaron para desempeñarse como cargador de pianos. Otra changa, la de camionero, le permitió llegar a Hollywood y cruzarse con el productor Henry Wilson, gay orgulloso que declaraba su amor a los muchachos con talento o algo similar y, en la mayor parte de los casos, les conseguía una puerta a la fama. Con Rock tuvo que trabajar mucho. El muchacho siguió todos los consejos de su agente: tomó lecciones de actuación, cambió su guardarropas, practicó esgrima, levantó pesas en el gimnasio, bajó de peso, aprendió a caminar sin encorvarse y se sometió a un dentista que le confeccionó un dentadura acorde con su futuro rol de hombre feliz. La voz, un tanto afeminada, se curó con sesiones de gritos durante meses, hasta que casi le explotan las cuerdas y quedó ronco para siempre. Cuando estuvo listo, Wilson le cambió el nombre. Tenía que ser fuerte como el peñón (la roca) de Gibraltar e impetuoso como el río Hudson. Sí: así de ridículo nació Rock Hudson.
Soy Pagina1/2 Viernes, 3 de Octubre de 2008